El Lápiz de la maestra

«Los recuerdos no son dolorosos,

Doloroso es callar, silenciar, amordazar,

Expulsar del corazón la vida que nos sueña,

Romper la leche contra la tierra sin nombre,

Enterrar a los vivos en el estampido del olvido».

Poema del Olvido. Juan Carlos Valle, Karlotti.

A mi abuela. In memoriam.

A Ángela por descubrirme a Mercedes.

Los mechones caen al suelo mientras unas tijeras sujetas por unas manos tan familiares a mí como mi oso de peluche, mis cuentos, o las palabras que me miman, animan y me sustentan, continúan cortándome el pelo. La peluquería está en la planta baja de la vivienda y si subo las escaleras de madera sé que me encontraré con mi abuela; la más amorosa, la más candorosa, la más generosa.

En aquél rincón de Galicia, los sueños eran posibles, el tiempo se paralizaba y la atención al otro surgía con total naturalidad.

Podría haber sido mi abuela. Se llamaba Mercedes y nació en Cee, mi pueblo. Se conservan fotos suyas y cuando contemplo su mirada me resulta familiar. Parece  que me susurra al oído: Habla de mí, no te olvides de nosotras.

Mi abuela amasaba con cariño y paciencia la harina, levadura y agua para hacer un buen pan, roscas, empanadas… Ponía su alma en ello. Mercedes amasaba el espíritu de las niñas para que aprendieran a contar, a leer y a ser ellas mismas.

En su pizarrín una niña escribe la palabra “casa” y dibuja un pájaro bajo la atenta mirada de la maestra.

Mi intención no es contar una historia más de la Guerra civil. Quiero hablar de una maestra que podrías haber sido tú, podría haber sido yo, podríamos haber sido nosotras.

Mercedes nació en Cee y se crió en Corcubión; mi abuela nació en Camariñas tres años después y  se estableció en Cee cuando se casó con mi abuelo. Segunda, ese era el nombre de mi abuela, amaba el teatro y tenía mucho desparpajo. Era querida y respetada por todos en el pueblo. ¿Qué se hubiesen dicho Mercedes y Segunda si se hubiesen conocido?

En 1922, Mercedes se marcha a estudiar la carrera de Magisterio a La Coruña, acompañada de su vocación, su juventud y el deseo de formar parte de un mundo más justo. Ejerció como maestra en una escuela rural situada en la aldea de Monelos. Se trataba de una casa-escuela, pues los alumnos comían en ella y era el hogar de la maestra.

Amamanta con sus pechos a sus dos hijos, nacidos en 1932 y 1933, respectivamente. La leche materna los alimenta. Sus pechos serán luego mutilados por los falangistas, violada y torturada, antes de ser asesinada.

 ¿Qué nos queda si no nos dejan enseñar?

Los maestros atienden a sus alumnos, al igual que los padres atienden a sus hijos. Atender, acercar nuestros sentidos y pensamientos. Estar atentos a las necesidades de la persona que estamos cuidando. Querer estar a su lado. Realizar un acto de altruismo. No buscar un objetivo determinado, únicamente estar ahí, valorar el proceso. La creación parte de una atención desinteresada, sin una finalidad concreta, sólo dejarse ir, desprenderse de todas las capas de la cebolla y ser una semilla que tan sólo espera. Crear la ocasión propicia, el instante en el que el alumno logra verse a sí mismo. Y para conseguirlo hace falta tiempo. El que no tuvo Mercedes.

Los mechones de distintas cabezas son barridos por mi tía Mary. Recuerdo el olor del champú, todos los peines y cepillos que se guardaban en un carrito negro con ruedas, la pared llena de espejos, la puerta de cristal. Me gustaba que me lavara el pelo; cerraba los ojos y durante esos minutos nada malo podía sucederme.

Mi abuela Segunda se sentaba en una de las sillas que había en la peluquería y se dejaba peinar por mi tía Mary. Tuvieron la suerte de tenerse la una a la otra, de cuidarse mutuamente.

Conservo fotos de mi abuela Segunda cuando era joven. Especialmente dos se me vienen a la memoria: La del día de su boda y otra en la que aparecen mi tía Celsa, que murió de tosferina con tan solo dos años y mi tío Segundo, el primogénito de la familia. Y cuando miro esas fotografías, sobre todo la última, pienso que en su mirada reside lo que hoy soy y quizá he sido siempre sin saberlo. Porque a su lado no me sentía un bicho raro ni tenía que esforzarme por llamar la atención ni por recibir su cariño. Mi abuela no era una maestra como sí lo fue Mercedes, no estudió ni fue activista y nunca me habló sobre la Guerra, pero había algo en ella que iluminaba sus ojos y su manera de estar. Permanecía en los huecos que hay en un libro entre frase y frase; era el espacio que hacía posible la palabra.

Mercedes Romero Abella y su marido Francisco Mazariegos Martínez también asesinado.

En la foto de la boda, mi abuela lleva un vestido de manga larga y su mano derecha se apoya sobre el hombro izquierdo de mi abuelo. Tiene una melena corta y un collar de perlas en el cuello. Está seria, consciente de lo ceremonioso de sacarse una foto en aquellos tiempos; sin embargo, en el rostro de mi abuelo se puede vislumbrar una sonrisa que lucha por salir a flote y romper tanta seriedad. Me pregunto si el fotógrafo no sería el padre de Mercedes; se llamaba Manuel, fue un pionero de la fotografía y el primer alcalde republicano en Corcubión.

¿Por qué la muerte nos atrae tanto? Matar por mantenerse en el poder, dejar correr la sangre, tierra quemada y arrasada, tan sólo cenizas.

Si dejamos de atendernos, si vemos al otro como un objeto, entonces ya no habrá lugar para la creación, no encontraremos un espacio común donde reconocernos como seres humanos.

Soy profesora de Filosofía en un Instituto, he de seguir un programa, pero reconozco que más de una vez me lo salto, pues lo que valoro por encima de todo es que mis alumnos aprendan a parar, a reflexionar durante un instante, a mirar en su interior y captar lo que realmente son.

Una de las películas que suelo ponerles es la de El maestro que prometió el mar, ejemplo excelente para reflexionar sobre la enseñanza, la libertad, la memoria histórica… Y reconozco que no tenía noticia de esta maestra, Mercedes Romero Abella, que fue asesinada vilmente el 19 de noviembre de 1936 por haber pertenecido al Sindicato Provincial de Maestros de la UGT.

El río ya no lleva agua, el río lleva sangre; demasiados cadáveres, cuerpos mutilados de cientos de inocentes.

El cuerpo de Mercedes fue hallado en las aguas del río Mandeo, tras haberse encontrado en la Cuesta de la Sal su velo negro, de luto por su marido asesinado meses antes, repleto de sangre.

La memoria hace imposible ser muertos vivientes,

Y sabemos que no hay canto que se silencie si el silencio habla.

Traigo estos versos de Karlotti para recordar a los que ya no están.

Solía jugar en esa plaza cuando era pequeña, A praziña do olvido. Hace cuatro años se hizo, justo allí, un homenaje a Mercedes. ¡Cuánta sincronicidad!

Regreso al principio. Podría haber sido mi abuela. Pero no lo fue. Sin embargo, siento una  rabia inmensa al descubrir cuántas maestras y maestros fueron asesinados tras la sublevación militar. Las palabras son lo que somos. Cubren nuestro rostro, ensanchan nuestra alma, nos permiten caminar, soñar, enamorarnos. Sin ellas no podríamos crecer. Crear otros mundos sólo es posible porque tenemos la palabra.

En su pizarrín una niña escribe la palabra “casa” y dibuja un pájaro bajo la atenta mirada de la maestra.

Se recuperó el cuerpo de Mercedes en una fosa común. Llevaba consigo un lápiz y un carboncillo. Cuántos pájaros y cuántas palabras fueron robados a las niñas de aquella escuela, de todas las escuelas de la República.

Cuenta Manuel Rivas en su columna del diario El País titulada Más Lorca, lo siguiente: «No hubo muerte accidental de Lorca. Una tarea prioritaria de los esbirros franquistas fue desalmar el lenguaje. El documento habla de confesión. Lo que eso significa: sufrió tormento. Lorca fue un eccehomo. En él mataban a todo lo que odiaban. A la heterodoxia, pero también a la tradición de la risa y al alma íntima de las palabras. En Poeta en Nueva York, hay una profecía: “Cuando se hundieron las formas puras/ bajo el cri cri de las margaritas/ comprendí que me habían asesinado (…) Ya no me encontraron. ¿No me encontraron? No. No me encontraron».

Hay demasiados muertos, almas que gritan y lloran. A Mercedes la torturaron, la violaron y finalmente la tirotearon y la arrojaron al río. Ella ya lo sabía. Sus hijos eran muy pequeños. Tenía miedo. Le dijeron que se marchara. Pero no le dio tiempo a coger el barco. Ella ya lo sabía. Su muerte estaba presente. «Mañana  me encontrarán muerta en cualquier carretera», dijo cuando fueron a buscarla a casa sus asesinos.

Mis sueños de niña tuvieron lugar en aquél rincón de la costa gallega, en la Rua Castelao, en aquella plaza del olvido.

Podría haber sido mi abuela. Pero no lo fue. Y todas aquellas mujeres luchadoras vienen a susurrarme al oído: No te olvides de nosotras.

1 comentario en “El Lápiz de la maestra”

  1. brief94e3641845

    Me encanta!!!. Con q delicadeza hablas del horror de una guerra que jamás tenía que haber existido. Ojalá haya muchas profesoras como tú que no les mientan a sus alumnos y les cuenten la verdad d lo que ocurrió en este país para que tomen conciencia y no voten nunca a la extrema derecha.

    Gracias Patricia Araujo por plasmar la verdad y el Amor en cada una d tus clases, profesoras como tú se necesitan en este país para enseñar la verdad que el fascismo nos ocultó.

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