«Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la avidez de la vida por sí misma.
Vienen a través de ti, pero no de ti,
y aunque estén contigo, no te pertenecen».
Kahlil Gibran
Escucho los acordes de la guitarra. Mi padre se ha despertado, huele a café recién hecho.
Hace muchos años que dejé de ser una niña. Hace mucho tiempo que no me coge en brazos y me hace volar como si fuera una peonza. Que no me lleva al cine o me invita a cenar un perrito caliente con patatas fritas y Fanta de naranja. Pero llevo conmigo una pena, una gotita morada que se mezcla con el resto de mi sangre sin llegar a diluirse completamente, que se refugia en mi pulmón derecho y me impide respirar bien del todo. Nunca habría podido hacer atletismo, eso seguro.
No llegué a cumplir sus expectativas. No he llevado la vida que a él le hubiera gustado. No obstante, hay algo que no termina de comprender: No somos la misma persona y él pudo decidir vivir como quiso, con sus errores, aciertos y actos extraños.
Muchas veces he sentido que recorría el camino sin pisar con firmeza el suelo, con los pies flotando a unos centímetros del suelo. Sentía un hilo azul que tiraba de mí y cuando llegaba al precipicio, me paraba de golpe. Hasta que dejé de hacerlo.
La primera vez que decidí no pisar las hojas secas y seguir flotando fue cuando no quise continuar con mis estudios de Físicas y me matriculé en Filosofía. Mi futuro ya no sería el de mi padre.
Papá, no somos iguales. Miramos el mundo desde distintos ángulos. ¡Y sin embargo, cuánto nos parecemos! Apreciamos la soledad, los paseos por el campo, escuchar la radio, unimos nuestro diminuto ser con pequeñas conquistas, nos encerramos en nosotros mismos.
A lo largo de nuestras vidas ha habido muchos desencuentros. No he sabido comunicarme contigo. Y esa minúscula gota morada a veces, tan sólo a veces, lo tiñe todo de tristeza. ¿Y sabes, papá? No sé qué hacer con ella. No sé si dar un portazo, quedarme paralizada o meterme en la cama y llorar.
Me faltas tú.
Nunca he sido una persona práctica, lo real me queda grande. Es como si al nacer, mi tiempo no coincidiera con el de los otros y caminara desincronizada. Tantas decisiones me desbordan y lo único que deseo es jugar con mis hijos, bailar con mi pareja, escribir.
La oscuridad llegó sin que lo pidiera. El desamor no se elige, aparece sin más. Viví lo que a tantas otras parejas les toca vivir. No soy especial por eso ni una reliquia excepcional. Soy tu hija. Y no encuentro otra manera de acercarme a ti. Soy cobarde, lo sé. Pero las palabras siempre han sido mi sostén. Me sincero ante la pantalla del ordenador, no con pluma y papel, aunque en otros momentos de mi vida haya recurrido a ellos. Y con mis cuadernos no fui muy cuidadosa, lo sé. Muchas veces fueron lo único que me permitió mantenerme cuerda, indagar, explorar en mi interior para entender lo que me estaba pasando.
La vida no es fácil, aunque sea la única que tengamos. Sólo te pido
que te acerques un poco más a mí.
Esa gotita morada no se diluye, se rebela y me recuerda lo frágiles que somos. Y vamos repitiendo el mismo acto extraño con nuestros padres, hijos, nietos… Qué sé yo. Pero la pena sigue ahí.
A veces floto, mis pies se niegan a tocar el suelo. Floto en una niebla densa, me llega el frío y doy vueltas hasta que me agarro a una mano que me sostiene y baila conmigo,
aunque sea en la oscuridad.
No podemos controlar, no podemos controlar papá.
Los días se suceden uno tras otro, los años y desconoces quién soy ahora.
¿No quieres conocer la mano que me sostiene?
¿No quieres bailar conmigo un último vals?