«Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades».
Del montón. W. Szymborska.
Si con las palabras creamos la realidad, con el silencio la experimentamos. En la sociedad en la que estamos inmersos hay demasiado ruido. No se puede pensar si te martillean la cabeza. Y el hacer. Siempre tenemos que hacer algo: Ir al gimnasio, poner lavadoras, organizar el armario, asistir a un curso de inglés, estudiar la oposición, corregir exámenes, aparentar que eres una gran profesora, cuidar tu imagen, ponerte a dieta, contestar el correo, ver un capítulo de la última serie de moda, hacer la comida.. ¡Aaaaaaagh! ¿Y dónde quedas tú? ¿Quién eres? No respondes. Sigues caminando.
Bla, bla, bla. ¿Cómo vas a saber lo que de verdad importa? En la radio, en las redes sociales, en la televisión, en la parada de metro, en los bares, en el supermercado. Sólo escuchas: Bla, bla, bla.
Y Dios se hizo Verbo. El logos aristotélico. La expulsión de los poetas de La República de Platón, los juegos del lenguaje de Wittgenstein, la cura freudiana del habla. Sabemos que somos seres hechos con palabras. Y si no expresamos lo que llevamos dentro, lo actuamos. Vivimos en una sociedad neurótica donde sólo te puedes hacer hueco a través del fingimiento. Y para poder ser aquello otro que no somos lo más fácil es consumir. La vorágine del consumo nos hace creer que somos eternamente jóvenes. Y tapamos las cicatrices, las marcas de vida, para crearnos un cuerpo de plástico, liso como un folio en blanco, sobre el que no queremos imprimir nada.
Mientras caminamos con nuestros cuerpos de plástico y la mirada vacía, las palabras se van muriendo. Estranguladas por nuestra ignominia, desidia, banalidad. La realidad se va desdibujando, desapareciendo a cada instante.
Para poder experimentar la realidad necesitamos el silencio. Para que la realidad no desparezca necesitamos las palabras.
Mi madre tiene tinnitus, acúfenos, una dolencia que te provoca ruido en el oído sin causa externa. Lo lleva soportando durante muchos años, pero a pesar de ello, ha logrado encontrar su remanso de paz e intenta que los que están cerca también hallen su silencio.
Adormécete con el sonido del viento, siéntate bajo la sombra de un árbol a descansar, párate y siente. Coge un lápiz, una pluma, lo que tengas a mano y escribe. Dibuja en el papel aquellas palabras que te han acompañado siempre. En mi caso, hay unas cuantas que quiero preservar, rescatar del olvido: Mamá, maternidad, mágoa, melancolía, papá, educación, hermana, orgasmo, compañero, amor.
No sé si somos una casualidad o todo está escrito, pero no permitiré que el constante Bla, bla, bla, me robe el silencio, hiriendo con su afilada navaja aquello que realmente soy, somos, seremos.
1 comentario en “Palabras en el olvido”
Apúnta…