«El ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato.»
Oda al gato. Pablo Neruda.
El canto del ruiseñor suele acompañarme al caer la tarde, cuando doy un paseo cerca del embalse. Me tranquiliza su sonido, pues me siento protagonista de un cuento de hadas, una ninfa cerca del agua, lejos del cemento y el ladrillo, a salvo de tahures, encantadores de serpientes y brujas de Roger Wolfe. Es uno de mis remansos de paz. Cuando escucho su canto dejo de ser yo.
Últimamente, bueno, siendo exactos diría que desde la pandemia, sufro de ansiedad. Tal como está la Sanidad en Madrid, podéis imaginaros fácilmente lo que ha sucedido: Receta de ansiolíticos y pastillas para dormir. Los psiquiatras andan desparecidos y, al no ser que literalmente te estés muriendo de angustia o seas una asesina en potencia, hasta que no transcurre un año, no te dan cita. Así que a una no le queda más remedio que sobrevivir. En este reto que me he puesto de seguir hacia adelante, empoderarme y no mirar hacia atrás, no vaya a ser que me convierta en estatua de sal, busco pequeños lugares para dejar de ser yo. Despojarme de máscaras, falsos ropajes, recuerdos dolorosos, tentaciones de desaparecer.
Durante el confinamiento y varios meses más, tuve que enfrentarme a la noche negra del alma. El dolor, ese sordo golpetear en las sienes, las alimañas comiéndome el estómago, los susurros de los ángeles del infierno horadando mi cerebro… Casi me retiro del juego. Pero no, había una voz, muy escondida dentro de mí, débil, apagada, temblorosa, que me animaba a seguir. Y así lo hice.
Decía mi querido Vallejo que desgraciadamente el dolor crece en el mundo a cada rato, crece a treinta minutos por segundo, paso a paso. En esta sociedad anestesiada no hay espacio para sentir el dolor, convivir con él hasta que se disuelve gracias al discernimiento, al conocimiento puro, la ascensión hacia la belleza de la que hablaba Platón.
Cuando siento que no puedo más, intento acallar esa voz que me perturba y me dice que no valgo. Un lugar donde dejo de ser yo es cuando me sumerjo en una baño de espuma. El agua caliente me relaja los músculos, me acaricia la piel y me aquieta el alma. Puedo escuchar el anhelado silencio.
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el
tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardido.
Cuando paseo por el campo, el canto del ruiseñor me tranquiliza y al llegar a casa siento mucha paz si mi gata está conmigo. Se llama Suki. Como su nombre indica es un amor. Elegante, ágil, fotogénica, inteligente y cantora. Sí, mi gata canta. Mientras duerme, sueña en voz alta y cuando se siente segura y la acaricias, emite un sonido que no es un maullido ni un ronroneo, es un bello canto.
Al escuchar cantar a mi gata Suki, dejo de ser yo.
El sol arde,el agua huye, el dolor se clava en mis sienes. Sólo podremos salvarnos de la barbarie si nos rodeamos de belleza.