Palabras que amamantan

«Mi madre me ajusta el cuello del abrigo,

no porque empieza a nevar, sino para que

empiece a nevar».

El Buen Sentido. César Vallejo.

No es fácil ser madre. Diría que en verdad es lo más difícil. Aprendes improvisando y dando tu amor, pero supongo que no es suficiente. Quiero decir, que por mucho que intentes ser la mejor, por mucho empeño que le pongas, va a llegar un día en que tu hijo te va a reprochar alguna acción que cometiste en el pasado.

O bien por exceso de protección o bien por defecto. O bien por que fuiste demasiado estricta o demasiado laxa. Es ley de vida.

El agua del río sigue su curso. El tiempo arruga tu piel. Los hijos crecen.

Llegará un día en que sientas que no has llegado a tiempo, que no pudiste salvar a tu hijo del horror que siente. Y entonces nada de lo que hagas tendrá sentido hasta que no logres que vuelva a estar en paz.

Hay palabras que arrullan, que calman, que adormecen. ¿Cuáles podrás susurrar a tu hijo?

Cuando era pequeña mi madre trabajaba en un bingo y si no era su día libre, no estaba a mi lado a la hora de dormir. Muchas veces la echaba de menos y soñaba con que un día llegaba a casa y me decía

-Cariño, he dejado mi trabajo. Soy libre. A partir de hoy te leeré cuentos todas las noches antes de dormir-.

Por supuesto, eso nunca ocurrió. Así que inventaba nuevas formas para sentirme más cerca de ella. Como escribirle cartas con dibujos. Aún las guarda en una carpeta de cartón.

El agua del río sigue su curso. El tiempo arruga tu piel. Los hijos crecen.

Como hija he hecho lo mismo que estoy segura que algún día harán mis hijos conmigo. He reprochado a mi madre el que no estuviera conmigo tanto como necesitaba. Ese dolor, esa ausencia me acompaña, me ha hecho ser como soy. Pero ahora entiendo que no pudo actuar de otra manera porque sus propios miedos y demonios no se lo permitieron.

En esas largas noches de insomnio recurrí a los libros para mitigar mi soledad. Y desde que era muy pequeña empecé a buscar el silencio en las palabras capaz de mitigar el ruido en mi cabeza.

Escribir me ha salvado de la locura, me ha proporcionado sosiego, me ha permitido mirar hacia dentro y descubrir que la belleza se puede expresar de mil formas distintas.

El agua del río sigue su curso. El tiempo arruga tu piel. Los hijos crecen.

Recuerdo las blancas manos de mi madre acariciándome el rostro y el sonido de su voz cantándome la nana de Duerme, duerme negrito. Luego vino la propia lucha que tuvo que batallar, las penurias y peligros que tuvo que sortear. Y el gris se coló entre las rendijas de la persiana de mi habitación.

Mi hijo me necesita, pero no es fácil llegar a él.

Vivir es apresar cada instante, aprender a mirar al otro, sentir el perdón. Espero que algún día mi hijo recuerde cómo le amamantaba escuchando La flauta mágica de Mozart, cómo le cantaba las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández, cómo imaginé cada día un mundo mejor para él. Ojalá logre sentirlo de nuevo y descubra que el horror puede disolverse con un abrazo. Espero que recupere esos recuerdos al igual que yo he recuperado a mi madre: la que me daba calor y me enseñó a ser valiente.

2 comentarios en “Palabras que amamantan”

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