La verdad moribunda

«Bajo la flor, la rama;

sobre la flor, la estrella;

bajo la estrella, el viento.

¿Y más allá?

Más allá, ¿no recuerdas? , sólo la nada.

La nada, óyelo bien, mi alma:

duérmete, aduérmete en la nada».


Delirio del incrédulo. María Zambrano.

Me sumerjo en la nada, pregunto por ella, la siento en mi piel. No hay respuesta, tan sólo un murmullo: el de mis huesos crujiendo, el de mi sangre borboteando, el de mi corazón danzando.

Las palabras siempre me han acompañado. Cómo poder expresar el dolor de un modo que no te rompa. Cómo expresar el amor infinito que siento hacia mis hijos si no los arrullo y los calmo con ellas.

El corazón puede habitar sin tinieblas cuando la luz no acuchilla, como afirma mi querida Zambrano. En la tierra en la que habitamos siempre hay alguien que manda. No lo podemos evitar. Y los discursos de los poderosos duelen, me avergüenzan, la rabia se apodera de mí cuando descubro que se han adueñado de una verdad que no es tal. La posmodernidad ha ganado la batalla, la postverdad campa a sus anchas y Kant está herido de muerte. Todos los intentos socrático-platónicos por recuperar el concepto universal como pilares de la comunicación, se resquebrajan. Si cada uno da su propia versión sobre la justicia, ¿cómo podremos reparar el daño? En el mundo en el que vivimos cada vez hay más vendedores de humo, falsos gurús, charlatanes que no interpretan la realidad sino que se inventan una propia. La verdad agoniza, mientras los discípulos de los neopragmatistas, como Richard Rorty, saborean las mieles del éxito. Entonces un velo gris lo cubre todo. Cansados, hastiados, abrumados por tanto ruido y tan poca melodía , caminamos de nuevo hacia la caverna. En esa oscuridad la luz no acuchilla y nos sentamos en el frío suelo de piedra, nos colocamos las esposas, giramos la llave y se la entregamos dócilmente al cancerbero. No somos capaces de adentrarnos en nuestra nada y desesperados corremos hacia un todo despojándonos de lo que somos.

Si nos quedamos sin las palabras, la roca dejará de ser estatua, las gotas en la rama no reflejarán tu mirada.

Si cada interpretación es una verdad, ya no podremos hablar. El árbol dejará de dar sombra y por la noche la luna no iluminará nuestro regreso.

Camino por una alfombra tejida de bellotas y hojas secas. Me siento segura, en casa. Quizá tenga alma de ardilla o de ratón silvestre, como Frederick. Me imagino tumbada, acurrucada en ese lecho improvisado en el campo, en contacto directo con la tierra y se disipan mis temores. Dejo de luchar.

Mis ojos se abren al mundo buscando los colores que emanan de tu aliento.

Mis oídos desean escuchar la brisa de tus labios, el ritmo de tus pasos.

Pero cuando busco la justicia, tan anhelada desde los tiempos de Sócrates y Aspasia, no logro encontrarla. Pervive la justicia vengativa y utilitarista de Calicles, pero nada queda de la justicia platónica, que brilla como la belleza de un nuevo amanecer.

El ruido me aturde. La cháchara heideggeriana invade las noticias, las redes sociales, las conversaciones en el bar. No puede ser que haya mil millones de verdades, que cuando pronuncio amor, otros interpreten odio.

Somos nada, en la nada nos quedamos, inmersos en ella nuestros labios se quedan sin horizonte, el ayer se disuelve con el mañana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *