«Todo feminismo termina siendo un machismo con faldas».
Jorge Mario Bergoglio en la Cumbre contra los abusos sexuales el 22 de Febrero de 2019.
La igualdad y la dignidad nos hacen humanos y parece que a algunas personas se les ha olvidado. ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar que si nos violan o nos maltratan la responsabilidad es nuestra?
“No te pongas esa falda tan corta, que me provocas; No lleves ese escote, que me pones cachondo. ¿Cómo se te ocurre ir de fiesta y salir hasta tan tarde? ¿No ves que las chicas como tú no deberían ir solas por la calle?”.
El alma ha de llegar a contemplar el Bien y la Belleza para lograr salir de la caverna en la que estamos inmersos. No sólo es que nos hagan daño sino que nos culpan de haberlo sufrido. Al parecer algunos nos prefieren sofías sumisas, que tanto anhelaba Rousseau. Pero esta es una lucha desigual, aún queda mucho por hacer.

Cuando era pequeña fui a un colegio católico. Teníamos clase de religión con dos curas que nos la impartían y misa todos los miércoles. Semana de ejercicios espirituales y el mes de mayo dedicado a la virgen. Hice la primera comunión, durante un par de años creí en Dios y las dudas existenciales me asaltaron pronto. El día que terminé de creer fue en una de las misas semanales.
Después de comulgar nos obligaban a confesarnos. No olvidaré aquella tarde. Recuerdo que siempre me ponía nerviosa en esa relación íntima que establecía con Dios “¿He pecado? ¿Qué es lo que he hecho mal?” Y con diez años no encontraba en mis actos desobediencia alguna a los diez mandamientos. Quizá no había estudiado lo suficiente o no era el ser perfecto al que una ha de aspirar para alcanzar la santidad. “Pero, ¿qué podía haber hecho mal? ¿Todo? ¿Nada?”. Cuando me tocó el turno entré sigilosamente en el confesionario:
-Ave María purísima.
–Sin pecado concebida, hija mía. Dime, ¿en qué has pecado?
– No sé… que podía haber estudiado más… ser más obediente…
– Ah, sí hija. Dios quiere que nos esforcemos todo el tiempo. Y, ¿qué más? ¿Has cometido actos impuros? ¿Has pensado en estar con algún chico? ¿Te tocas y te acaricias?

Salí corriendo del confesionario. Aquella tarde dejé de creer en Dios.
La religión no debería estar en las escuelas. En ellas se debería fomentar el espíritu crítico y no el dogmatismo. Permitir que haya profesores de religión puede traer consigo situaciones como las que hemos vivido en el Instituto donde imparto clases:
Celebrábamos unas jornadas sobre la igualdad. Había talleres impartidos por alumnas que cursan tercero y cuarto de E.S.O. acompañadas por las profesoras que lo organizábamos y los profesores de los cursos. Los temas que trataban los habían elegido las alumnas: violencia de género y relaciones tóxicas, estereotipos, negacionismos, etcétera. El profesor de religión parecía incómodo, cuestionó su valía y llegó a realizar comentarios fuera de lugar:
“Si una chica se viste como se viste luego pasa lo que pasa”; “Las mujeres deberían ganar menos porque piden más bajas”; “Bueno, en las relaciones tóxicas… hay mujeres… muy manipuladoras y MUY controladoras”.
La mujer como encarnación del mal.

La religión debería estar fuera de las escuelas. Cuando imparto clases, insisto en la idea de persona. Un sujeto de derechos, con dignidad, valor y compromiso ético. Sin embargo, a veces me da la sensación de que soy como Sísifo, arrastrando todos los días la piedra para llegar a la cima de la montaña. Por un lado, imparto mis enseñanzas basadas en la igualdad y el respeto; por otro lado, la religión inculcando su dogmatismo.
“No te pongas esa falda tan corta, que me provocas; No lleves ese escote, que me pones cachondo. ¿Cómo se te ocurre ir de fiesta y salir hasta tan tarde? ¿No ves que las chicas como tú no deberían ir solas por la calle?”.
Muchas adolescentes y no tan jóvenes tienen miedo a caminar solas por la noche. Teniendo en cuenta a lo que se exponen, no las culpo por ello. El miedo es libre. Pero las mujeres no estamos indefensas; sólo hay que creérselo y seguir luchando por nuestros derechos. No permitamos que nos hagan de menos.
La religión no debería estar presente en las escuelas.
En el país de charanga y pandereta, de terracitas y Tik tok; desde la firma de la Constitución, que parece un ente intocable, pasamos de ser una dictadura nacionalcatolicista, Franco y la Iglesia iban de la mano, a ser una Monarquía parlamentaria y un Estado aconfesional. Como afirmaba Unamuno: A mí también me duele España. Con este truco sacado de la manga permitimos que la religión católica siguiese teniendo poder. No ha salido de las escuelas, como sí salió en la Segunda República. Y el hecho de que siga estando presente, nos lleva a situaciones de desigualdad e incluso, en algunos casos, de defensa de posiciones totalmente contrarias a esa escuela pública, laica e integradora que se merece un país que se autodenomina a sí mismo progresista y democrático.

En mis clases de filosofía intento, con ahínco y pasión, que mis alumnos aprendan a pensar por sí mismos, a desconfiar del sentido común y a darle la vuelta a situaciones que consideran normales y que resulta que no lo son. Desde el principio insisto en que tomen conciencia de que las personas tenemos dignidad y que es nuestro bien más preciado. Pero vivimos en un mundo caótico donde se valora la apariencia y se diluye la empatía.
Contemplo la puesta de sol en mi pueblo, al lado de las cumbres nevadas, y me doy cuenta de que el bien es bello, como afirmaba Platón. Si somos personas, no renunciemos a ese regalo que nos ha dado la Naturaleza. No dejemos de pensar, de establecer ese diálogo silencioso con nosotros mismos, como nos recordaba mi querida Hanah Arendt, no dejemos de juzgar lo que está bien y lo que está mal, no permitamos que nos roben nuestra dignidad.