La Vía Láctea

«La gratitud es una de las  más elevadas formas de ser y estar»

Para una versión del I King. Jorge Luis Borges.

Sin comer no podemos vivir. La falta de alimento no sólo trae como consecuencia una delgadez extrema, sino que también afecta a todos nuestros órganos; Corazón, pulmones, hígado, riñones, cerebro. No nos permite pensar con claridad, repercute en nuestra falta de concentración, en nuestra autoestima, en nuestra relación con el otro y con nosotros mismos.

Alimento, el medio para hacernos crecer. Nos nutre, nos mantiene vivos.

Era el verano de 2020, en el mes de junio. Estaba en la cocina, preparando algo de merendar y mientras lo hacía, quise comerme un trozo de pan con una loncha de jamón serrano. Y me atraganté. Mi hijo se asustó tanto que durante varios días no quiso comer. Sólo cosas muy blanditas y por supuesto, nada de embutido. ¿Fue ese el inicio? ¿El pistoletazo de salida?

Siempre me ha gustado comer. Que alguien cocine para mí, lo considero un gesto de amor. Me siento querida y protegida. Si abro el frigorífico y lo encuentro medio vacío es como si me faltara algo, como si me hubieran amputado un pie o una mano. Me siento vacía.

Cuando me levanto por las mañanas, siempre hago lo mismo: Lavarme con agua bien fría la cara y poner la cafetera en el fuego, Necesito desayunar, tomarme ese tiempo para mí, mientras escucho en la radio las noticias. Mi zumo de naranja, acompañado de tostadas, unas veces galletas, otras veces una magdalena. Me tomo mi café con leche, sin azúcar y me retrotraigo a la infancia. Ni siquiera sé si me gusta poco o mucho el café, pero me lo tomo, porque adoro el ritual. Colocar el café molido, la cantidad de agua justa y esperar a que suene. Ese sonido y ese aroma es el modo que tengo de abrazar a mis padres en la distancia, ser un poco como ellos.

De pequeña me encantaba ir a casa de mi abuela adoptiva. Se llamaba Felisa y era una cocinera estupenda. Estar allí me hacía sentir en paz. Solía haber mucha comida: entrantes, primero, segundo plato y el postre. Cómo adoraba su tarta de manzana. Nunca he vuelto a comer otra igual.

Recuerdo sus espinacas con piñones y bechamel, su sopa de marisco, su carne guisada. Era una auténtica maestra. Cuando entrabas en la cocina aquello era un mar de platos, cacerolas, sartenes, cubiertos. Muchas veces me quedaba a su lado, viéndola fregar la loza: En un barreño los enjabonaba, en otro barreño los aclaraba. Me hipnotizaba contemplarla. Así estábamos un rato hasta que me decía –Vamos mi niña a poner el café.- Ese era un momento mágico porque en una esquina del salón, al lado de la galería, en la parte de arriba de un armario, si abrías la puertecita, podías encontrar verdaderos tesoros: palmeritas de hojaldre, pastas de almendra, regalices, galletas de chocolate. Una auténtica maravilla.

Escribiendo estas líneas, me doy cuenta de lo mucho que la echo en falta, de cuánto amor recibí en esa casa.

Aún conservo la manta de patitos que confeccionó y me regaló cuando nació mi primer hijo.

Nos sentábamos en el sillón, enfrente del televisor y pasábamos allí la tarde, conversando, sin prisas, sintiéndome querida.

Felisa murió durante el Covid, más o menos al mismo tiempo en el que mi hijo empezó  a dejar de comer. Aunque fuera sólo durante unas semanas. No pude ir a su entierro. Cuánto sentí no poder estar allí.

Lo que más me gustaba cuando iba a su casa era la sensación que tenía de ser vista y querida. Y la hora de la merienda.

Colocaba en la galería la tarta de manzana para que se enfriara. La tapaba con un paño y nos decía: – Hoy no he tenido tiempo de hacer la tarta que tanto os gusta, pero tengo algo rico para daros dentro de un rato. – Mi hermana y yo nos reíamos y decíamos en bajito – Seguro que la ha hecho – Y cuando llegaba la hora de merendar, nos ponía la tarta en la mesa de café que tenían en el salón: rectangular, la superficie de mármol y las patas de madera. Aquello era un auténtico festín. Nos cortaba un trozo que abarcaba el plato entero, para luego repetir. Recuerdo el sabor de la manzana reineta, mezclado con la frescura del bizcocho, el dulce de la mermelada de melocotón. Cada ingrediente elegido, el tiempo empleado, el amor que volcaba al realizarlo. Felisa ejerció de abuela conmigo y con mi hermana. Cada vez que íbamos a su casa, una parte de mi vacío, de mi soledad, de mi tristeza, desaparecían.

Todavía conservo un libro que me regaló cuando tenía entre siete u ocho años, se titula Los hermanos de oro, un cuento infantil escrito por A. Garner. Pero lo que más me emociona es leer su dedicatoria: “Muchas felicidades para una rubita muy guapa pero un poco bichejo. Con muchos besos, Felisa.”

Su bichejo, eso era yo y me encantaba serlo.

Nunca olvidaré esa casa. Llamar a la puerta y encontrarme con ella, con esa alegría que sentía al vernos. Tampoco puedo olvidarme de Nicolás, que murió cuando estaba embarazada de mi preciosa hija;  de José Carlos, cuando era una niña quería casarme con él; y, sobre todo, de Olga, a la que siempre he considerado mi otra hermana.

Sin comer no podemos vivir. No es tan sólo el alimento que nos nutre el cuerpo, sino también el alma.

No sé si fue antes el huevo o la gallina. Si antes fue el TOC o el TCA. Diagnósticos que abruman y no te solucionan nada, al no ser que vayas al origen del problema. Mi hijo se ha quedado sin su ancla; va a la deriva buscando un asidero. Sé que va a estar bien, pero si algún día lee estas páginas, desearía que sintiera todo el amor que le profeso. Nos caemos tantas veces. Y volvemos a levantarnos. Sí, sé que es un tópico, pero es necesario recordarlo, que no somos un alma encerrada en una cárcel, sino que nuestro cuerpo es lo que nos hace sentirlo todo.

Alimentarnos es un acto de amor hacia nosotros mismos, sin olvidarnos nunca de agradecer a los que nos dieron de comer, siendo conscientes de que fue el mayor acto de generosidad que pudieron tener con nosotros.

Felisa fue uno de mis sostenes en mi infancia. Gracias a ella logré mantenerme a flote en muchas de las tormentas en las que estuve inmersa. ¿Era un ser perfecto? No, no lo era. ¿Acaso alguien lo es? Era muy intensa en todo lo que hacía; sin embargo supo ver en mí lo que otros no pudieron o no quisieron ver: la lucecita que brilla en nuestro interior.

En una humilde cabaña vivían un hombre muy pobre y su mujer. Sólo tenían para alimentarse los peces que el hombre pescaba en el lago. Una mañana, al recoger su red, vio que había atrapado un pez de oro.

Cada uno de nosotros tiene una red que vamos tejiendo cada día. Tan sólo hemos de procurar no perder nuestra humanidad, a la hora de elegir lo que vamos a recoger con ella.

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