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(Carta abierta a Juan José Millás)

«Llegas,

oquedad devorante de siglos y de mundos,

como una inmensa tumba,

empujada por furias que ahíncan sus testuces,

duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,que la terneza ignoran».

La injusticia. Dámaso Alonso.

Mi querido Millás:

Le escribo esta carta, esta reflexión, llevada por un impulso que no he querido controlar. Hace ya más de dos años que falleció una persona muy querida para mí. Se trataba del marido de mi madre, al que siempre consideré como un segundo padre. Murió de un cáncer de pulmón. Cuando se lo diagnosticaron tenía metástasis muy avanzada. Fueron tres meses de agonía, hasta que una madrugada de Diciembre cerró los ojos para ya no abrirlos más.

En esta entrada de blog no voy a explicar cómo falló el sistema de salud, las listas de espera, las negligencias médicas, la falta de humanismo en el trato con el paciente

Hoy deseo hablar con usted, mi querido Millás. Descubrí su programa la noche en la que murió Paco. No podía dormir porque sabía que ya no le iba a volver a ver. Puse la radio, que siempre me ha acompañado, pero justo en ese momento ningún  programa logró captar mi atención. Así que me puse a buscar podcast y encontré el suyo. Fue un bálsamo para mi alma. El ritmo pausado, el tono de voz de Javier del Pino y la suya. Fue como si me arropara una gran manta de lana en una noche helada y desangelada. Desde entonces, no he dejado de escucharles.

Estamos sumergidos en un mundo vertiginoso, donde las noticias se solapan y se devoran unas a otras. Sólo existe el instante, pero es falso, hueco, sin profundidad, recovecos ni aristas. Por eso me resulta tan gratificante escucharles. Una dosis de cordura para contrarrestar tanto descalabro y desconcierto. Cuando les escucho me imagino que me encuentro en el estudio de la radio tomándome un café con ustedes y sé que sus reflexiones van a ser paralelas a las mías, pues hablamos un idioma muy semejante.

Recuerdo aquella mañana en la que estuvo explicando su fotofobia, el daño que le hacía la luz y cómo necesitaba usar las gafas de sol incluso en lugares cerrados. Sonreí y pensé: A mí me sucede lo mismo, no soporto tanta claridad, tanto artificio. Tengo los ojos claros y me deslumbran los centros comerciales, esa dichosa manía de elegir el mobiliario blanco, las luces led, todo iluminado para alejarnos de lo natural, de nuestro pasado en las cavernas. Cuán diferente es entrar en un lugar alumbrado con velas o estar al aire libre al lado de una fogata. Como si los productos que nos venden estuviesen libres de mácula. Igual que los ladrones de guante blanco. Cuánta insensatez.

Ésta es una de las primeras coincidencias, pero hay más. Y hacen referencia a la necesidad de la escritura para no perderse. Esta idea la retomaré enseguida, pero me he acordado de la mañana en la que estuvieron hablando de la vivienda. De cómo había cambiado la distribución de las casas para ahorrar espacio: las cocinas más pequeñas, la ausencia de pasillos… Y cómo esa reducción del hogar traía consigo una disminución considerable de ocasiones para dar rienda suelta a nuestra imaginación y también al miedo. Recordé cuando era niña y cómo el pasillo había sido el único lugar de transición entre la infancia y la vida adulta. Allí aprendí que las traiciones se disfrazan de buenas intenciones, el narcisismo de bondad, el abandono de independencia. Y he llorado acurrucada en ellos, cuando el dolor me aguijoneaba sin descanso y las habitaciones me parecían lugares demasiado grandes para cobijarme.

Retomo la reflexión sobre la escritura. En el último programa que he escuchado usted hablaba sobre los montoncitos. Con cada noticia hacía un montoncito y lo colocaba sobre la mesa y se preguntaba qué podía hacer con ellos, cómo lograr unificarlos, reincorporarlos a su vida. No traigo respuesta, aunque últimamente he reflexionado mucho sobre la idea de estar informada. Siento un hartazgo, un empacho. Me provoca desazón, dolor de estómago el comprobar lo difícil que es hoy en día seleccionar el bombardeo constante de noticias, pseudo-noticias, bulos, chismes. Distinguir la charlatanería de lo realmente importante. Esta semana pasada ha venido a mi memoria las reflexiones de Heidegger acerca de la existencia auténtica e inauténtica y me pregunto cómo vivir la vida para que realmente merezca la pena ser vivida. Y añoro el silencio, pero no un silencio impostado, una obligación de la new age o de las nuevas religiones intentando atraparnos con sus telarañas. Hablo del silencio fruto de una reflexión sosegada, de un mostrar el cariño sin prisas, de un mirarnos a los ojos haciendo caso omiso a las manecillas del reloj.  ¿Seremos capaces de dejar a un lado la charlatanería? Me pregunto constantemente.

La respuesta a muchas preguntas las he hallado en la poesía. No busco una solución, una receta, un camino recto que me lleve a una meta. La poesía me arrulla con su canto porque desea ser madre de los perdidos, los mal hallados, aquellos que sufren en silencio una herida que no deja de sangrar. Dime que no estoy en lo cierto, pero dímelo serena.

La poesía me acompaña cada día. Por eso me emocioné tanto al escuchar el último programa, cuando mencionó usted el poema Insomnio de Dámaso Alonso, uno de mis poemas favoritos, desde que lo  descubrí estudiando Filosofía cuando tenía veinte años. Una década después, al venirme a vivir a Madrid lo sentía cada día al subirme al metro. Sí, cada verso me recuerda lo insignificantes que somos, la desgracia perenne en una tierra poblada de ignorantes. Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres, (según las últimas estadísticas). A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro, y paso largas horas gimiendo al huracán, o ladrar a los perros, o fluir blandamente la luz de la luna. ¿Cómo lograr que no nos salpique el fango? ¿Acaso somos inocentes?

No quisiera pudrirme, tan sólo pudrirme sin más. ¿No podría brillar, aunque sólo sea un instante, algo semejante a la justicia? ¿No podríamos acabar con esa oquedad devorante que nos ha gobernado durante siglos y siglos?

Me despido, mi querido Millás. Me voy a preparar un té de hierbabuena. Esta vez no tomaré café. Sí, me apetece saborear un té caliente, a ver si me anima y me da energía para afrontar tantos días grises que llevamos últimamente acumulados en la sierra de Madrid.

Posdata: Mi querido Millás, me gustaría hacer otro apunte. El domingo pasado les estaba escuchando mientras colgaba la colada y me emocioné. Mencionó usted uno de mis libros de cabecera: El libro del desasosiego de Fernando Pessoa. Siempre que me siento desorientada, desubicada, con el gris rozando mi piel, abro este libro y todo cobra sentido.

“¿Por qué es tan bello el arte? Porque es inútil. ¿Por qué es tan fea la vida? Porque en ella todo son fines y propósitos. Todos sus caminos conducen de un punto hasta otro punto. ¡Ojalá hubiera un camino hecho en un lugar al que nadie va!”.

No sentirse un bicho raro, aunque sea sólo sea durante unos instantes, es un regalo.

Estos últimos días ha salido el sol. Las cigüeñas de mi pueblo se están dando un festín de ranas cada mañana. La primavera ha llegado y los árboles aún siguen desnudos.

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