«El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa»
Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Eduardo Galeano.
En los tiempos que nos ha tocado vivir no hay lugar para la profundidad. En la vorágine de las prisas y de las apariencias es harto difícil pararse a pensar y darnos cuenta del engaño al que estamos sometidos.
El otro día estuve haciendo un coloquio con mis alumnos y el tema que tratamos fue el de las distopías. Me sorprendió que ninguno se diese cuenta de que la pretendida ciencia ficción no es tal.
La democracia huele mal. Somos unos títeres que no logramos ver los hilos con los que nos manejan.
La utopía es ir más allá del lugar. Un espacio imaginado que te permite soñar con la idea de lo posible. El poder se engrandece en ti cuando sientes que puedes cambiar lo que hasta ese momento ha permanecido inalterable. Es un horizonte anhelado y nunca alcanzado, pero es la oportunidad que podemos brindarnos a nosotros mismos para dejar de estar y comenzar a ser.
Vivimos en una cuerda floja donde la verdad tambalea. Quizá ya nunca podamos alcanzarla de nuevo. Podremos arribar a otros puertos, pero ya no a la fantasía socrática de lograr entendernos con la palabra. Hemos estado durante cuatro siglos sometidos a las directrices cartesianas de crear un mundo desde el pensamiento y hemos cercenado cualquier posibilidad de permanecer en la esencia. Nos hemos transformado en autómatas que acatan órdenes, que dominan la tierra y nos hemos olvidado que para que haya un yo ha de haber antes un tú y que ambos forman un nosotros.
No sé si os habéis fijado, pero cada vez quedan menos bancos en las calles para sentarse. La interacción con el otro se ha reducido a un mero intercambio a través de un chat, y el juego de miradas, la posibilidad de entablar un diálogo, casi se ha desvanecido por completo. Ni siquiera hay asientos cerca de un Hospital o de un colegio. El juego es letal y perverso: Cuanto menos interactuemos, más controlados estaremos. El miedo y el deseo son sus mejores armas para que nos olvidemos de nosotros mismos.
Durante muchos años me ha tocado vivir en la denominada Tierra de Sabor. El eslogan es: Ven a disfrutar de nuestros panes, vinos, quesos… Y deja que la industria se la queden otros. Nosotros a comer y a ir a las procesiones de Semana Santa, Amén. Y mientras, dejemos que los pueblos se vacíen, la población envejezca, el arte se reduzca a un dato irrisorio e inauguremos edificios pomposos a cambio de unas cuantas comisiones. Sí, la sed de poder no tiene límites. ¿Y por qué os cuento todo esto? Muy sencillo. No hay lugares para sentarse ni espacios para expresar el dolor o la rabia, pero sí para adornar la cáscara por fuera porque dentro ya no queda ningún fruto. La barbarie campa a sus anchas, mientras los jóvenes renuncian a la lucha cegados por la idea de que la felicidad puede comprarse.
El mundo se está convirtiendo en una gran distopía donde no permitirán que cantemos bien alto aquello que nos atormenta. Ha de haber un espacio para que el alma se quiebre, para que la tristeza se expanda.

Patio interior del Hospital Rio Hortega de Valladolid con el muy apropiado nombre de Naturaleza Muerta, obra de Luis Vallejo.
Cuando turbada por el dolor, desorientada y desconcertada salí del Hospital de mi ciudad natal, allí estaban las inmensas sillas de Mariscal señalándome con el dedo: «Eres diminuta, insignificante, vuestro mundo se disuelve. No tenéis sitio. Nadie vendrá a rescataros. Os han robado vuestra humanidad y ni siquiera os habéis dado cuenta.» Ni un sólo banco para sentarse, para aquietarse y sentir el dolor de la pérdida.

Podrán seguir adornando la cáscara todo lo que deseen, pero en Valladolid los datos hablan por sí solos: El Hospital Río Ortega es el que más denuncias acumula por negligencias médicas y nadie mueve un dedo. Hay lugar para que se sienten los gigantes invisibles. Los liliputienses habremos de conformarnos con tomar un vino en los múltiples bares de la ciudad y brindar… ¿Por la salud? ¿Por la libertad de expresión? ¿Por la verdad? No. Sólo nos queda esperar que algún día el horizonte de la utopía vuelva a estar presente en las venideras generaciones.