Eso creía

«Eres el sol,

el aguijón del alba,

el mar que besa las montañas,

la claridad total,

el sueño.«


Así sea. Blanca Varela.

Decía Platón que el conocimiento es reminiscencia, recordar lo que ya sabemos, y que mediante el amor podemos acceder a él. Muchas veces pienso que, si este gran maestro tuviera la oportunidad de contemplar cómo aprendemos hoy, querría regresar a su hogar en las estrellas y no volver a despertar.

Idiocracia. 2006. Mike Judge.

En las escuelas se enseña principalmente a competir, a tener unas metas muy altas, a concentrar toda la fuerza en salvarte, en ser alguien, caiga quien caiga. Vivimos en la era de la imagen, del culto al cuerpo, mientras el alma, lo espiritual, ha quedado relegado al olvido. Sólo importa el EGO, los demás son números. Como dice Byung-Chul Han, en su libro La salvación de lo bello, «El cuerpo se encuentra hoy en crisis. No sólo se desintegra en partes corporales pornográficas sino también en series de datos digitales» Medir, cuantificar, reducir, optimizar, dividir. Es la metáfora que gobierna nuestro tiempo. Lo bello es lo terso, lo que no tiene arrugas, lo que sólo provoca placer, pero no conmociona ni arrebata. Así que nuestros discursos se van llenando de falacias, de sofismas, de palabras huecas. Y cuanto más nos contemplamos en el espejo y más dinero invertimos en cosmética y Prozac, nuestra humanidad se va disolviendo, hasta que un día acabamos tirando ese adjetivo por el váter después de haber cagado a gusto porque, como no podía ser de otra manera, nos hemos tomado nuestro gran tazón de cereales con fibra para desayunar, pues hemos de cuidar nuestra imagen para salir bien en las fotos publicadas en Instagram y Facebook. No nos importa lo que hacemos y aún menos lo que somos, sino la imagen de eficiencia que queremos mostrar de puertas para afuera.

No me siento especial por lo que me ha ocurrido hace unas semanas, el sentirse diferente por haber sufrido es otra forma de exhibicionismo, pues vivimos en una diagnosticracia. Así que no, sé que lo que me ha sucedido forma parte de la vida, pero los seres humanos no nos merecemos ser tratados así. Muchas veces pregunto en el aula a mis alumnos qué entienden por ser humano y casi siempre me dan la misma respuesta: Un ser dotado de razón, moral, libertad. Y a continuación les vuelvo a preguntar: ¿No os olvidáis de algo? Ah, sí, responden. Tenemos sentimientos, imaginación. ¿Y qué más? ¿Qué es lo esencial de la humanidad? ¿Qué nos hace humanos? LA DIGNIDAD. Qué palabra tan hermosa y tan en desuso. Dignidad proviene de la palabra latina dignitas, que significa que conviene a, que merece. Somos merecedores de ser tratados con respeto por el mero hecho de ser personas. Como afirmaba Immanuel Kant en su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres: «Todo ser humano ha de ser tratado siempre como un fin ,nunca como un medio.» Somos fines, personas y, por lo tanto, merecemos que nos traten como tal y aún más si pasamos a ser cuidadas por otros.

El marido de mi madre no ha sido tratado como un fin en sí mismo, como una persona merecedora de ese respeto. La humanidad ha luchado durante siglos para alcanzar una serie de derechos inspirados en los derechos naturales de los que hablaba Tomás de Aquino y tantos otros.Vivimos, o eso creía, en un Estado democrático, regido por una Constitución y unas leyes aprobadas por el Parlamento, que se supone han de velar por nuestro bienestar. Los funcionarios representan esos derechos, son la personificación del Estado y su labor ha de ser vocacional, la vocación de cuidar a los más débiles y desfavorecidos. Eso creía, eso creía.

Lo primero fue el dolor. Hace cinco meses, el marido de mi madre acudió a su centro de salud porque tenía molestias en la zona lumbar. Le dijeron, sin llevar a cabo un análisis exhaustivo, que era una ciática, que solía ser muy molesta. Después de siete semanas con dolores intensísimos, de no poder dormir, de ir tres veces a urgencias y mandarle a casa siempre con el mismo diagnóstico invariable, tuvo que recurrir a un consultorio privado, pues su médica de cabecera no quiso ponerle de urgencia para que le hicieran con celeridad una resonancia.

Tendrás que esperar… unos seis meses. Y por cierto, camina mucho para que no te suba el azúcar . Vete a un fisioterapéuta. No es nada grave, una ciática lumbar.

Y el dolor crece en el mundo a cada rato… Somos sólo números, no personas. En la consulta privada por fin, gracias a los euros invertidos, le hicieron una resonancia y descubrieron que tenía metástasis en la vértebra L5. Ya en el Hospital, y con ese diagnóstico, no tuvieron más remedio que ingresarlo. Le hicieron más pruebas, pero querían darle el alta a los pocos días, sin todavía saber cuál era el origen del cáncer. Mi madre insistió e insistió, dijo que no se movería de allí hasta que no tuvieran un diagnóstico completo. Gracias a su tesón, le hicieron un TAC a Paco varios días antes de lo que en un primer momento estaba programado. Todo un despropósito. Aún siendo conscientes de la gravedad, querían evitar acelerar el proceso de todo el protocolo de pruebas. En el resultado del TAC descubrieron que la metástasis también estaba en las glándulas suprarrenales.

Una ciática aguda, —eso les dijeron— con tramadol y corticoides se irá pasando.

No fue en ningún momento tratado con la dignidad y el respeto que nos debemos los unos a los otros por el hecho de ser personas. Creía que los médicos se debían a sus pacientes, que ejercían su profesión con la vocación de sanar tratando con amor a los enfermos. Eso creía. En la actualidad los pacientes de los hospitales sólo somos un número, un cuerpo al que someter a pruebas; siempre y cuando no quede otro remedio, no vaya a ser que no reciban su bonificación al final de año, sin tener en cuenta el espíritu, el alma de ese ser, olvidando por completo el dolor del enfermo. No hay compasión, sólo pornografía y exhibicionismo. Recetan para poder disfrutar de los privilegios que les conceden las farmacéuticas, sin valorar otras opciones. El dolor, el miedo, el desconsuelo, el desamparo del paciente son palabras que han borrado de su software, programados para ser máquinas sin juicio crítico. Autómatas que obedecen órdenes, después de haberse dado su culto personal al cuerpo, no vaya a ser que no salgan con su mejor lado en el reportaje de Facebook. Pues han de promocionar la Sanidad pública y su gran eficiencia.

El marido de mi madre tiene cáncer de pulmón avanzado, con metástasis en las glándulas suprarrenales. Cuando se lo dijeron no le miraron a los ojos, no le hablaron con dulzura, no le dieron la mano, no le transmitieron ninguna esperanza. Entraron en la habitación y le arrojaron la noticia, como un torrente de agua helada:

Así, tenemos los resultados de la biopsia, tienes cáncer de pulmón muy avanzado, eh, muy avanzado. Ah, y por cierto, no tiene cura. Eso, sí, la quimioterapia ha de esperar hasta dentro de quince días, pues me faltan todavía algunos datos.

Luego mi madre se enteró de que, aquellos supuestos datos estarían listos tres días después y que la tardanza en empezar con el tratamiento se debía a que la médica se iba de vacaciones.

Creía que los médicos se debían a los pacientes. Eso creía.

Y desgraciadamente, como decía César Vallejo, crece el dolor en el mundo a cada rato,a treinta minutos por segundo, paso a paso. Todo sería diferente si nos miráramos a los ojos, si fuéramos capaces de acompañar en la desolación. Ahora las chimeneas no vierten leche negra del alba al cielo. Hoy las alcantarillas están a rebosar de la mierda de todos aquellos que lanzan su humanidad por el váter cada mañana.

No me doy por vencida, la batalla no la ganarán los autómatas. Me quedan balas en la recámara y palabras certeras para dar en el blanco de sus podridos corazones.

Mi madre y Paco son el sol que ilumina mis pasos, el mar que besa mis montañas. No pienso dejar de luchar. Mis gritos de ayer son hoy mi canto, mi defensa de todos aquellos que se han quedado sin voz.

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