Nubes en la Radio

«Juegan los niños bajo 142 días de lluvia

y yo duermo en tu regazo.»

Haiku. Manuel Rivas.

En los tiempos que nos ha tocado vivir, parece que una no puede pasear si no se pone antes una meta, que no puede bañarse en el mar si no es para saltar las olas, que no puede vivir si no es para producir algo… ¿No basta sólo con estar?

Mi padre construyó en 1967 la primera emisora de radio de la Costa da Morte, donde el sueño del océano se torna real y si prestas la suficiente atención puedes llevarte contigo un pedacito de cielo.

Somos lo que hemos mamado, aunque nunca llegué a probar la leche materna; lo que hemos escuchado, lo que hemos temido, lo que hemos anhelado.

Recuerdo una habitación de mi infancia que mi padre convirtió en un taller. En ella se mezclaban cables de todo tipo, destornilladores, alicates, bombillas, ceniceros repletos de colillas, tazas de café… Era el lugar donde construía televisiones y la radio sonaba de fondo. Las voces de los locutores me han acompañado desde que era muy pequeña. Casi nunca entraba allí, temía tropezarme y caer, como en el cuento de Alicia de G. Rodari, en uno de los televisores y no volver a salir o enrollarme en uno de los múltiples cables y acabar siendo el trofeo de algún electroduende. Sí, pertenezco a la generación de los años ochenta. Me crié con la Bola de Cristal, escuchando los mensajes subersivos de la Bruja Avería «Viva el mal, viva el capital», los dibujos de Dartacan y los tres mosqueperros , de David el gnomo, La Abeja Maya y un largo etcétera. Era la época en la que el azúcar no hacía daño, jugabas en la plaza después del colegio saboreando un bocadillo de paté, chorizo, jamón de York… Y si te caías te lavabas la herida en la fuente y aquí no ha pasado nada. Se respiraban ansias de libertad en cada esquina. Nos cardábamos el pelo y saltábamos muy alto, sin miedo a caernos.

Cuando llegaba el verano, si tenías la suerte de tener un pueblo al que ir, como era mi caso, te preparabas para un largo viaje en coche y el tiempo se detenía en el reloj. Los segundos de repente eran horas y lograbas saborear el inmenso placer de no hacer nada. La vida transcurría despacio, lentamente. No había prisa por volver. Me convertí en una experta en el aburrimiento, en contemplar cómo caía la lluvia al otro lado de la ventana, en pedirle a mi abuela que se animara y nos hiciera unas filloas.

Y los niños jugaban bajo 142 días de lluvia.

Durante aquellos años llegué a creer que cualquier deseo se podía alcanzar si soñabas con suficiente ahínco, si aligerabas pesos inútiles, si fijabas tu atención en ello. Me imaginaba que la vida tenía un recetario custodiado por un hada en un rincón de algún bosque gallego.

«La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.» Nos narra W.F. Flórez en su Bosque Animado.

Me ha costado muchos años aprender, casi media vida, que la mejor forma de estar en ella no es siguiendo los pasos de una receta, que los mejores pasteles, más aún si son de manzana, están más sabrosos si improvisas alguno de los pasos. Vivir es bailar, danzar saltando los agujeros negros, danzar con los ojos cerrados siguiendo el rastro de tus sueños.

Somos seres hechos de palabras y silencios.

Camino por una de las calles grises de mi ciudad, creo que a la edad de diez años. Alguien me habla, no soy yo, ningún fantasma. O acaso soy yo sin ser la misma que cuestiona la voz. Me dice que esté tranquila, pues algún día lograré saltar la barrera.

It might be lonelier/ without loneliness, me susurra Emily Dickinson. Podría estar más sola sin mi soledad, quedarme en este angosto cuarto, protegida con mis sueños. Sin embargo, vivir sin realidades no es vivir.

Contemplo el cielo de Touriñan mientras suena la radio de mi padre acompañada con las notas de su guitarra. Todo está en calma. En mi bolsillo guardo, como un tesoro, un pedacito de cielo.

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