«¿Con qué culpa tan grave,
sueño blando y suave,
pude en largo destierro merecerte
que se aparte de mí tu olvido manso?«
Al sueño. Francisco de Quevedo.
En algunas ciudades es muy difícil ver el cielo. Está claro, necesito espacios abiertos.
Me gusta vivir en el último piso, a ser posible con terraza. Siempre cerca de las alturas, para poder alzar un poquito los pies e imaginar que estoy volando.
Cuando era pequeña me gustaba, bueno a día de hoy todavía sigue gustándome, el cuento de la lechera. Tenía una edición de bolsillo, con la portada repleta de colores muy chillones: Rojos, amarillos, naranjas. Me fascinaba imaginarme a la lechera soñando despierta con su granja futura. Los pollitos a los que iba a alimentar, piando en sus cestas, dándoles granos de maíz, que luego cambiaría por lechoncitos; los gorrinos ya crecidos a los que cambiaría por un ternero y así, sin darse cuenta, en unos segundos, había logrado tener su propia granja… Pero de repente, se tropieza con una piedra y todo se va al traste. Soñando despierta se desvanecieron sus sueños. Y se me quedó una pena pequeñita, pero pena, agarrada al alma ¿Por qué tuvo que perder su granja?
Los que no dormimos y deambulamos de noche entre pensamiento y pensamiento, recuerdos vagos, anhelos quebrados, buscamos una zona de penumbra, un silencio interno que nos permita cerrar durante unos instantes los párpados. Serenos están los demás, conectados a la vida tan sólo a través de la mágica respiración, sueñan dormidos, ajenos a la actividad frenética de los que no hemos sido obsequiados con el mayor regalo de los dioses: Poder cerrar el telón del teatro hasta la función siguiente.
Recuerdo unos versos de María Zambrano: La nada, óyelo bien, mi alma: duérmete, en la nada.
No alcanzo a hundirme en la nada, a ir más allá de las estrellas. Me quedo mirando el cielo, mientras los otros duermen. Intento forjarme un presente sin pensamientos, pero ellos vuelven y se
arremolinan en mis ojos abiertos, en mi corazón inquieto.
Hace unos años tuve un jardín repleto de pensamientos, tulipanes, narcisos, lirios, petunias, claveles. Había cuatro rosales y todo ello se lo llevó el invierno. La nieve y la escarcha lo cubrieron todo. Ahora echo de menos poder hundir las manos en la tierra.
La lechera se quedó sin su granja, yo me quedé sin mi jardín.
En el cuento de Las doce princesas bailarinas, cada noche, las hijas del rey, con sus zapatillas de baile, se adentran en un lugar prohibido, lejos del mundo encorsetado de palacio, donde pueden danzar y danzar hasta que llega de nuevo la aurora. Se olvidan de lo que son y cumplen su deseo de ser lo que anhelan. ¡Ay, cuándo llegará el sueño que pueda cerrar mis párpados durante unas horas y así olvidar que una vez tuve un jardín de primavera!
No soy reina que sueña que es reina, y vivo con este engaño mandando. No soy princesa que sueñe con ser reina, ni niña que sueñe con ser princesa. Soy un alma errante que sueña con sus rosas perdidas, con alguien que le vele el sueño, con una canción de cuna que pueda tararear mientras me voy quedando dormida.
En algunas ciudades es muy difícil ver el cielo. Está claro, necesito espacios abiertos. Me gusta vivir cerca de las alturas para poder alzar un poquito los pies e imaginar que estoy volando. Vuelo como el pájaro en la aurora, como un Ícaro con alas de plata, como una libélula en busca de su hada.
¿Es posible, te preguntas, fundar una ciudad, como la que soñaba María Zambrano en sus Claros del bosque donde todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas? Ella hablaba de esa claridad que ninguna luz deslumbra ni acuchilla. La quietud de los ya nacidos, salvados del nacimiento y de la muerte. Volver a un lugar que me sea propio, ni mitificado ni denostado, donde nadie reclame mi perdón ni me exija ser lo que no soy. Un hogar que sea una fuente de agua cristalina, que calme la sed a los transterrados, a todos aquellos que no encontramos un sitio, un claro en el bosque. Danzamos en un baile perpetuo mientras los demás duermen, anhelando, al igual que Quevedo, que venga el blando sueño y nos quite este desvelo.
1 comentario en “Los que no podemos dormir”
El cuento de la lechera está escrito para muchos de nosotros. Los versos de Quevedo también…