«¡Toda la primavera dormía entre tus
manos!
Iniciaste en un gesto la fiesta de las
rosas
y erguiste, enajenada,
esa flecha de luz que impregna los
caminos.»
Ernestina de Champourcín.
Manos que te acogen, te acarician, te arrullan.
Las primeras manos te acercan al pecho que te nutre, te permite crecer, vivir.
Arrojados en el mundo con una amnesia que nos impide recordar nuestra unión con la belleza y la verdad, de la que hablaba tan bellamente Platón en su Mito de la caverna.
Hemos perdido el asombro ante lo que nos rodea y sin dicha capacidad de ver las cosas por primera vez es muy difícil crear y descubrir la inocencia en el otro.
Juegas con tus dedos, bailas con tus manos y te ríes. No puedes parar de reír. Has comprobado que tus manos se mueven cuando tú lo deseas, al igual que tus pies. Sin embargo, no son tú. ¿Quién eres realmente? ¿Por qué estás aquí? Son preguntas a las que nunca hallarás una respuesta, pero no importa. Es el arte de preguntar lo que te mantiene viva.
Las manos que te recogen cuando te caes y tus propias manos amortiguando la caída.
Con tus manos puedes acariciar, acariciarte, herir, herirte. Ellas labran la tierra, aprietan el gatillo de la pistola en tu sien, abren algunas puertas, cierran otras.
Llueve, la lluvia acaricia mis rostro y siento que regreso al lugar al que pertenezco, repleto de agua, donde el cuerpo no pesa, las ideas flotan y los recuerdos son una brisa que me bambolea, pero no me parte en dos.
Las manos al volante, conducir, dejar de pensar mientras avanzo por la carretera, al norte, siempre hacia el norte, siguiendo a mi Estela Maris. Durante la pandemia no podía salir y me dirigía a la frontera: el Puerto de Somosierra. Me quedaba paralizada, contemplando el otro lado, donde quizá aún no habían llegado las sombras.
No poder parar de reír, espantar con la risa el miedo ancestral instalado en nuestro cerebro reptiliano que nos impide pensar con claridad. Pues si somos temerosos el poderoso estará orgulloso. No por casualidad desapareció la reflexión de la comedia aristotélica. Necesito reír más.
Manos que te acogen, te acarician, te arrullan.
Mis manos que escriben estas palabras y me mantienen cuerda. He decidido comprometerme con la memoria, en vez de dejar ir. Como decía Jorge Semprún: Hay que elegir entre el silencio zumbador de la vida o el ejercicio mortal de la escritura. Cuando uno vive un dolor intenso no es tarea fácil encontrar un sentido. Hay toda una serie de escritores: Sara Kofman, Primo Levi, Paul Celan, Robert Antelme… que vivieron el horror y tuvieron que lidiar con la culpa. Escribir para no olvidar, aunque dicha escritura nos arrastre a la muerte. Y hagamos lo que hagamos, acabamos retornando al principio, regresamos a las preguntas primordiales, iniciamos un camino de regreso al hogar. ¿Qué hacer cuando no lo encuentras? El principio es lo que permanece, los amigos de la infancia, los olores con los que crecimos, las voces del recuerdo. Y basta con que nos encontremos con un objeto, en apariencia banal, para que la melancolía nos aborde: una concha, un bolígrafo, una cinta de colores… Podemos entonces, luchar, librar una batalla feroz con esa mágoa que nos arrastra y nos fragmenta por dentro o hermanarnos con ella.
Manos que pueden llevar en uno de tus dedos un anillo de compromiso, el cual puedes encontrar hecho trizas en la guantera de tu coche. Y en ese instante, sientes que has de escribir: Lo que sucedió, lo que pudo ser y no fue, la primavera que devino otoño.
Las hojas caen lentamente sin preocuparse por llegar al suelo. Las rocas lloran, gimen su erosión sin prisas ni ansiedades. Cada verano la golondrina sabe que no se perderá y encontrará su nido.
Escribir para mantener la cordura, proteger la memoria, formular preguntas, hallar el otoño en la primavera y la primavera en el otoño. Elegir lo que siempre fui y despojarme de la máscara de la tortuga, la concha del caracol.
Manos que te acogen, te acarician, te arrullan. Manos que dan vida, ahuyentan monstruos, nos sostienen para no caer, nos seducen y acarician nuestro sexo, nuestro ser.
«¡Todo vino por ti! Porque tus manos
lentas
ciñeron brevemente mi carne
estremecida,
porque al rozar mi cuerpo
despertaste una flor que trae la
primavera».