Los Jóvenes que no amaban a Spinoza

Libre de la metáfora y del mito

labra un arduo cristal: el infinito

mapa de Aquel que es todas sus estrellas.

El Otro el Mismo . Jorge Luis Borges.

Cuando era pequeña soñaba que el tiempo podía atraparlo entre las manos. Me quedaba quieta, esperando algo, no sabía muy bien el qué, una especie de milagro, luces de colores en el corazón.

Siempre me ha gustado discutir, poner en entredicho lo que me contaban, y esa condición de mi personalidad, me ha hecho admirar a las almas libres.

Spinoza labra sus lentes en un taller, ganándose las monedas necesarias para su supervivencia. Rechaza un puesto de docencia en la Universidad de Heidelberg para no perder su libertad y poder seguir utilizando la palabra como arma contra los poderosos, los dogmáticos, los fanáticos…

Según J. Paul Sartre nuestra condena es la libertad, no podemos dejar de ser libres, aunque queramos. Podrán arrebatarnos todo menos esa llama poderosa que habita en nuestro interior y que nos permite rozar con la punta de los dedos lo inalcanzable.

Cuando hace casi dos décadas decidí que quería dedicarme a la enseñanza de la filosofía en un Instituto, nunca pensé que mi libertad de cátedra podría verse amenazada. Mi finalidad como profesora, en el sentido más aristotélico del término, ha sido inquietar las mentes de los jóvenes, despertarles de su letargo. Sé que no es una tarea fácil, aunque sí gratificante. A pesar de las condiciones precarias de mi profesión, de la ansiedad que conlleva, de la casi desaparición del respeto y la cooperación en las aulas; la finalidad que me había propuesto me ayudaba a permanecer en las trincheras. Sin embargo, ¿qué es lo que nos queda si nos arrancan nuestra libertad de expresión?

Hoy en día hay que andar de puntillas, sorteando todas las trampas que nos ponen a cada paso, pero mi espíritu guerrero me lleva a denunciar lo poco protegidos que estamos los docentes en la actualidad.

Quizá he pecado de ingenua, de dejarme llevar por mi pasión desmedida a enseñar a diferenciar lo que es justo de lo que no lo es, pero las consecuencias que han traído consigo mi exceso de confianza hacia el ser humano, me han hecho vivir uno de los episodios más decepcionantes en toda mi carrera profesional. Se me ocurrió decir en una de mis clases de Educación en valores que en (un país cuyo nombre no voy a mencionar) no hay libertad. Libertad, qué palabra tan bella y tan en peligro de extinción.

—¡Cómo que no hay libertad! dijeron los airados esclavos de la caverna de Platón—. ¡Cómo lo puedes saber, si nunca has estado allí!

Ahora resulta que el no estar en un lugar te convierte en un ignorante de lo que allí sucede. Por lo tanto borremos de un plumazo la labor de los historiadores, antropólogos, filósofos y un largo etcétera. El no haber estado allí, te hace merecedor de un bozal en la boca.

Al final de la clase fueron a poner una queja en Orientación, indignados conmigo por haberles mostrado la realidad. Y después de su escrito, llamadas de sus familias a Jefatura, correos electrónicos pidiendo mi cabeza y que no enseñara política en clase. Por supuesto, me llamaron la atención en Dirección «aconsejándome» que no tratara temas delicados en el aula, pues podía ofender sensibilidades.

La tristeza y la rabia me embargan al constatar que ha triunfado la estulticia y el relativismo moral en su versión más extremista. El dogmatismo reinante ha acabado con cualquier posibilidad de que florezca el pensamiento, ese diálogo interno que, como decía H. Arendt, desde Sócrates y Platón, el ser humano mantiene consigo mismo.

Afirma Susan Sontag en Ante el dolor de los demás que «Quizá se le atribuye demasiado valor a la memoria y no el suficiente a la reflexión». No podemos pretender recordar lo que ha pasado sin más. La pregunta ética ha de estar presente en cualquier relato que verse sobre las acciones humanas. Por eso me pregunto, ¿qué le queda a un profesor si le despojamos de su actitud crítica, si no le permitimos que muestre a los alumnos una auténtica Paideia?

«Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere» afirma Spinoza en Ética demostrada según el orden geométrico. Dejar a un lado la emoción desmedida, ser capaces de no dejarnos arrastrar por el odio que sólo nos conduce al horror y a la barbarie. Sabias palabras de mi admiradísimo pulidor de lentes.

Cuando era pequeña soñaba que el tiempo podía atraparlo entre las manos. Me quedaba quieta, esperando algo, no sabía muy bien el qué, una especie de milagro, luces de colores en el corazón.

Quizá me pase como a la poeta Rosa María Roffiel que soy también una loca de mil edades, que busco romper normas, librar batallas para lograr crear un milagro y así poder seguir siendo.

En mi ser vulnerable llevo escondida mi fuerza.

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