Gruesa, gruesa la lengua de ceniza.
Y pesado y pegajoso el canto
que ella masculla susurra deletrea.
Importante la lengua de ceniza.
Como castigo le prenderemos fuego.
27 Maneras de responder a un golpe. Jorge Riechmann.
Pavisia recogía ceniza y la almacenaba en un cubo de latón. Tenía que aguantar a sus hermanas, sus desprecios continuos.
No hay nada más triste que necesitar un abrazo y que sólo recibas vacío.
Y las pavesas llenaban el aire.

Nunca he quedado primera en nada, tampoco he tenido la intención. Me gusta pasar más bien desapercibida. Pero llega un momento en la vida en que algo en la cabeza te hace crac y sabes que has de cambiar de estrategia. No defiendo la venganza ni los actos violentos, aunque sé que la rabia recorre todos mis circuitos neuronales cuando siento que me han dejado de lado, que me han hecho de menos. Deseo gritar con todas mis fuerzas, bien alto: «¡Eh, que estoy aquí y tengo el mismo derecho que tú a exisitir!».
Existir, vivir, ser. No dejaré que me conviertan en una autómata. No me tragaré las palabras para acabar desarrollando una úlcera o una interminable jaqueca.
No quiero ser degradada a una cosa. Sé, como afirmaba Simon Weil , que la Iliada es la fuerza. La fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual la carne de los hombres se crispa. El alma humana sin cesar aparece modificada por sus relaciones con la fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de que cree disponer, doblegada por la presión de la fuerza que sufre.
Camino, triste, decepcionada, sin encontrar sentido al desprecio que he sufrido.
Y las pavesas llenaban el aire.
En la casa se reunieron las hermanastras. Allí estaban acicalándose para la fiesta, embutidas en sus vestidos y en sus polvos de maquillaje. Eran estupendas, acostumbradas a tener al alcance de su mano todo lo que deseaban. En una esquina, Pavisia sentía una profunda tristeza mientras recogía la ceniza en un cubo de latón.
Tuve que marcharme en plena noche. Mis gatos maullaban y mis hijos pequeños lloraban porque tenían hambre. Estaba asustada y nadie me llamó para ofrecerme su apoyo. Ocurrió hace dos años, en la misma noche de los cristales rotos, ochenta y tres años después, cuando la fuerza cegadora se apoderó de los alemanes y los austríacos. Sed de destrucción, de aniquilación, ansias de dominio. Me marché en plena noche, dejando atrás todo lo que había sido mi vida hasta ese momento.
En mi nuevo hogar estaba a salvo. A salvo de sus insultos y humillaciones.
Ha pasado ya un tiempo de aquello. Aunque hoy como ayer, sigan siendo, como decía la canción, malos tiempos para la lírica.
El pasado fin de semana hacía mucho frío en mi ciudad. El corazón casi se me congela. Quise estar al lado de mis familiares, pero no encontraron el momento adecuado para hacerlo.
La fuerza de la Iliada, la fuerza que somete a los hombres.
Pavisia recoge la ceniza en un cubo de latón, mientras escucha cómo sus hermanas disfrutan de una gran cena.
Hubo un tiempo en que pensé que después de la muerte de los grandes relatos de la modernidad, no habría lugar en el pensamiento para nada más que para una sociedad líquida posmoderna. Sin embargo, estaba equivocada. En los tiempos que corren, ha triunfado la pseudo-filosofía. Mezclemos en una batidora ideas aisladas de la Física cuántica, el estoicismo y la Teología del perdón y nos habremos hecho de oro. El triunfo de la no verdad, la pérdida de la realidad, se extienden como la niebla en un día de invierno.
El ser humano necesita dialogar consigo mismo, es decir, pensar, para poder sumergirse en la búsqueda de la verdad.
Y las pavesas llenaban el aire.
Las hermanas de Pavisia intentaron venderle un relato falso y ella se negó a creerlo. Continúa recogiendo la ceniza y guardándola en un cubo de latón, mientras esconde el pañuelo en su delantal, tras haber vertido en él sus lágrimas.
Aquella mañana lluviosa se reunieron todos, al calor de las conversaciones. Pero no me hicieron sitio.
Quizá no han querido escuchar. Es más fácil cerrar los oídos, pues muchas veces la verdad es áspera, cruda, indigesta. Cabe la posibilidad de que no se hayan dado cuenta de que el ataque a la dignidad de un ser querido no puede ser recibido con abrazos y amables palabras al que ha perpetrado el hecho y dejar relegada al olvido a la victima que los sufrió.
Camino por las calles de mi ciudad repletas de hojas secas y ramas rotas. Hace frío. El otoño por fin se hace presente. Mi cuerpo se apodera de la fuerza que acaba convirtiéndonos en una cosa. No se van a dar cuenta, me repito, no se van a dar cuenta.
Y las pavesas llenaban el aire. Pavisia y sus hermanas, la ceniza llenando sus pulmones. Pavisia habla y de su garganta sólo sale un Lo siento. «Siento que me hayáis pisado, siento mucho que me hayáis insultado, siento mucho vuestro dolor, siento que mi presencia os perturbe, siento que no os gusten mis amistades, siento mucho que os moleste mi agnosticismo, siento que os desagrade mi vehemencia, siento que no os guste cómo cuido a mis hijos, siento mucho no tener un tipo 10, siento mucho no ser más alta, siento mucho ser yo».
Rememorando aquellas películas y novelas que han logrado reconfortarme en momentos en los que he tenido que atravesar noches oscuras del alma, me viene a la cabeza Hannah y sus Hermanas y la escena en la que Mickey, interpretado por Woody Allen, intenta quitase la vida con una escopeta en el salón de su apartamento. Comprendo su desesperación, su agotamiento, pues por mucho que lo intentara y por mucho que se esforzase, no lograba encontrar un sentido a su existencia. Cuando dejas de ser visto, te diluyes entre los otros seres que habitan a tu alrededor. Mickey no logró matarse, sólo llevarse un gran susto. Atemorizado, desorientado, perdido en las calles neoyorkinas, logró hallar un alivio a su dolor gracias al cine de los Hermanos Marx. Todos necesitamos un bálsamo de Fierabrás para curar nuestras heridas.
Y las pavesas llenaban el aire.
Camino, me disculpo, sigo caminando. Todo está en aparente calma, hasta que llega un momento en la vida en que algo te hace crac en el cerebro y decides que ha llegado la hora de cambiar de estrategia. En el instante preciso de un profundo desarraigo, en el instante preciso que cada poro de mi piel es una astilla golpeada por el hacha, en ese instante, decido recogerme. Sé que tras el vendaval volverá a salir el sol. Sin embargo, en ese nuevo amanecer será muy difícil que podamos encontrarnos.