Somos

La metafísica también

concierne a mi relación con la

naturaleza, ¿al cabo, no es todo

ser?

Sólo puedo sentir que soy

si también puedo decir un

somos con los otros,

el árbol, el pájaro y la montaña.

Bajo los astros de la repetición. Julia Otxoa.

Desde que empezamos a ser conscientes del paso del tiempo, del hecho de que nos vamos a morir, hemos mirado hacia las estrellas buscando respuestas y hemos enterrado a nuestros muertos, les hemos proporcionado una sepultura.

Los miembros se mezclan con otros miembros, buscan un hueco para que se expanda el aire. Hacinados, sin espacio para estirarse, aúllan en la oscuridad, pero su aullido no conmueve a nadie. Condenados al olvido. Se extiende la oscuridad. Carne muerta. Cal viva. Cuerpos sin nombre. Árboles flotando en el vacío sin raíces que los sostengan.

Viene la muerte con su guadaña y arrebata los ojos de los inocentes. Sólo estaremos presentes si alguien nos recuerda.

¿A dónde van las almas de los muertos? ¿Acaso sólo somos materia? Si no hay un espíritu, si no hay una permanencia, una durabilidad ¿para qué existir? Los rituales acompañan al ser humano desde sus inicios. Por eso lavamos el rostro de nuestros muertos, los velamos, los acompañamos para favorecer su tránsito hacia el otro mundo, sea cual sea. Necesitamos celebrar la vida, por eso recordamos el día que nacimos y otros recordarán el día que nos fuimos. El hecho de poder ser trae consigo la estancia, el estar. No permitamos que nos engañen. Estar sin ser es sólo habitar la nada.

«Al tiempo le falta hoy un armazón firme. (…) Nada le ofrece asidero. El tiempo que se precipita sin interrupción no es habitable»

Hemos caído en la trampa. El neo liberalismo ha conseguido que los valores y las emociones se comercialicen. Estamos inmersos en un consumo incesante, la rueda gira y gira sin detenerse.

No somos un número, por eso tenemos un nombre. No somos un pedazo de carne, por eso hemos de ser tratados con dignidad y respeto. ¿Cómo vamos a ser un árbol en el que aniden los pájaros y del que broten frutos si carecemos de raíces que nos permitan agarrarnos a la tierra?

Hoy en España, el lugar donde he nacido y en el que resido, mantiene vigente el articulado de la Ley de Amnistía de 1977 que considera que el asesinato y la desaparición de al menos 114.226 civiles a manos de pistoleros de Falange y golpistas de 1936 no merece tratamiento criminal y por lo tanto no debe ser investigado, ni juzgado, ni condenado.

El árbol vaga sin rumbo, carece de un bosque donde crecer libremente.

Las balas vuelan en el cielo porque los demás no impedimos que se disparen. Contemplamos nuestro ombligo ajenos al dolor de los otros.

Me llamarán, nos llamarán a todos. Tú, y tú, y yo, nos turnaremos, en tornos de cristal, ante la muerte. Y te expondrán, nos expondremos todos a ser trizados ¡zas! Por una bala. Bien lo sabéis. Vendrán por ti, por ti, por mí, por todos. Y también por ti. Aquí no se salva ni Dios. Lo asesinaron. Escribía Blas de Otero. Nos llamarán. A ti, a mí, a ambos, a todos.

Las almas de los muertos gritan para ser rescatadas del olvido. Pudiste ser tú, pude ser yo, pudo ser tu hija, pudo ser tu padre, pudo ser tu hermano. No dejes que siga sangrando mi herida, tu herida, nuestras heridas.

El territorio español está sembrado de fosas comunes. En la página del Ministerio de la Presidencia hay un mapa integrado de la vergüenza y la barbarie. En ella puedes localizar las fosas por provincias y comprobar si se ha llevado a cabo o no una exhumación. 598 fosas en Aragón, 546 en Andalucía, 381 en Asturias, 461 en Galicia, y así hasta 2561. Estremece pensar las viles acciones que acompañaron a estos asesinatos. Cuerpos arrojados y apilados como si fueran carroña para los buitres.

Viene la muerte con su guadaña y arrebata los ojos de los inocentes. Sólo estaremos presentes si alguien nos recuerda.

Hay tantas historias que se podrían contar. Como la que sucedió en el municipio coruñés de Ordes, donde violaron a una mujer y la pasearon junto a su marido. Una vez asesinada, le cortaron los pechos. Uno de los verdugos, brazo ejecutor de la represión franquista, se los llevó a su casa. Cuando entró por la puerta, se los esgrimió a su esposa y le dijo; «Estas si que son tetas y no las tuyas» Así lo cuenta Leandro del Río Naveira, en el libro Memorias dun fillo paseado. Pudiste ser tú, pude ser yo, pudo ser tu madre.

No podemos ser un árbol si nuestras raíces flotan en el vacío. Para poder ser y no sólo estar no nos han de arrebatar el nombre ni la sepultura.

Pude ser yo y pudiste ser tú. La palabra nos humaniza y por eso escribo. Para denunciar lo que nunca tuvo que haber sido y para sentir la brisa de la esperanza en mi rostro, tu rostro, nuestros rostros. Como dice Suheir Hammad en su poema Ruptura en racimo:

¿Adónde van los corazones de los refugiados?

Rotos,insultados,colocados en un

lugar de donde no son,

no quieren que no se les vea.

Enfrentados a la ausencia

lloramos al otro o no significamos

nada.

Hemos de poder llorar al otro, ayudarlo, consolarlo. Vivir en la perdurabilidad y no en el instante fugaz de la emoción sin asidero. Coger la tierra con nuestras manos, mancharnos con ellas, enterrar a nuestros muertos. Dormir soñando y contemplar el cielo sintiendo que en algún rincón del universo los que se han ido siguen siendo. Permanecer y parar. Sentir la quietud es lo único que nos separa de la barbarie y el caos de un torbellino que gira sin llegar a ningún lugar. Aunque estemos muertos, nada como los delfines. Siente el dolor en tus entrañas. Aunque estemos muertos.

Una alumna a quien doy clase perdió siete familiares en la franja de Gaza. No sabe dónde están sus cadáveres y algunos de ellos han sido descuartizados. Cómo sobrellevar ese dolor, cómo permanecer en la quietud.

Mi alumna me contó muchas historias de los palestinos. Una de las que más me llegó al corazón fue la de las llaves. Cada familia palestina refugiada o exiliada tiene una llave que simboliza que algún día podrán volver a su hogar. El fogar, la llama que nos proporciona calor, que ahuyenta a los monstruos y a las bestias. Poder regresar y tener un reencuentro. Por eso no hay acto más vil que impedir que enterremos a nuestros muertos, negarles un lugar, su sitio en la historia.

Decía Álvaro de Campos que la vida verdadera es la que soñamos de niños y continuamos soñando de adultos en un sustrato de niebla. Por eso hemos de conservar los nombres y los recuerdos. Rememorar de dónde venimos para poder ser hoy y no sólo estar en el presente. Ser el árbol que se agarra a la tierra con unas sólidas raíces que permitan que crezca libremente y que broten de él sus frutos.

Los muertos que se hallan en las fosas comunes españolas tienen nombre. Como los muertos en la franja de Gaza, como los familiares de mi alumna. Como mis seres queridos que se han ido y permanecen en mi memoria, honrándoles y agradeciéndoles haber compartido su existencia conmigo: Paco, el marido de mi madre, que tanto compartió conmigo y que siempre supo ver cómo era; Begoña, amiga y mujer de mi padrino de boda Jorge; Mari Carmen, mi tía que cuidó de mí durante todos los veranos de mi infancia; Pepe y Urbano, mis tíos; Mari Carmen.R, mi psicoanalista; Alberto, abuelo de mis hijos; Segunda y Ramón, mis abuelos paternos; Felisa y Manuel, mis abuelos maternos; Felisa.B y Nicolás, amigos que ejercieron de abuelos; entre otros. Permanecen en mí, porque sólo siendo podemos estar.

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