Soños

«En los vértices del tiempo

anidan los sentimientos

Hoy son pájaros de barro que

quieren volar«.

Pájaros de Barro. Manolo García.

«Dale vida a tus sueños aunque te

llamen loco.

No los dejes que mueran de

hastío, poco a poco.

No les rompas las alas, que son

de fantasía,

y déjalos que vuelen contigo en

compañía «.

Dale vida a tus sueños. Mario Benedetti.

Todo comenzó en 1988, en un banco de pescadores de un pueblo da Costa da Morte, donde la ría se contaminó por culpa de la fábrica de carburos metálicos que construyeron justo al lado.

Ese verano dejé atrás la niñez, quizá no del todo, pero sí parte de ella. Experimenté, no sólo en el alma, sino también en el cuerpo, la enfermedad de la melancolía, que ha formado parte de mí desde entonces. Descubrí el valor de la amistad, nombres que forman parte de mis recuerdos: Dani, Felipe, Diego, Óscar, Richard ; y que si por una sincronicidad del destino me los vuelvo a encontrar, el cariño sigue presente, a salvo del paso del tiempo.

Cuando llegaba a mi pueblo me encontraba a salvo. El olor de la salitre, el viento rozando mi rostro, los abrazos de mi abuela, los consejos de mi tía, las escaleras de la casa da rúa Castelao que me conducían a la alegría. Allí no había noches solitarias, ni habitaciones repletas de lágrimas y reproches. Cuidarían de mí durante los dos lentos y largos meses de verano. La oscuridad se desvanecía dando paso a un azul profundo que teñía los mechones de mi pelo y los dedos de mis pies. No me convertí en una sirena, pues nadar nunca fue una de mis habilidades, pero amaba la arena dorada de la playa, que se me pegara a la piel hasta mi regreso a la ciudad, al Valle del Dolor.

You get shiver in the dark

it’s a raining in the park, but meantime

South of the river, you stop, and you hold everything.

Tienes escalofríos en la oscuridad,

está lloviendo en el parque, pero mientras tanto

al sur del río, te paras, y te contienes.

Somos los Sultanes del Swing, escuchamos durante las fiestas de aquel verano, sin cesar. Pasó a formar parte de la banda sonora de los integrantes de aquel banco de pescadores.

Uno de mis sueños era irme a vivir a Galicia, lejos del gris de mi ciudad natal, de la soledad de sus calles atestadas de gente. Sigue siendo un sueño, música de fondo en mi biografía.

No cesarán mis sueños, como tampoco lo hacían cuando era una niña. He de volver siempre al agua de ese terrible océano, que rompe y azota con sus olas a los escarpados acantilados, pues sólo allí logro escuchar con claridad el eco de mi silencio.

Otros padecen de dolores estomacales, jaquecas, egoísmo profundo, estulticia, presbicia y yo sufro de melancolía. El paso del tiempo me descoloca, el engranaje de mi reloj se oxida con frecuencia, como si fuera el Hombre de Hojalata del Mago de Oz. Y ahí me tenéis: intentando desplazarme con la cabeza boca a bajo y un segundero loco golpeándome en las sienes. Las lágrimas se acumulan en mis ojos, aunque estén secos. Lloro, como Compay Segundo, lágrimas negras. No han de ser de tristeza, ni de desamparo, pero bailan al son de mis pasos, recordándome a cada instante que todo es fugaz, nada permanece.

En aquel verano del 88, dejé atrás mi niñez, quizá no del todo, pero sí parte de ella. Se diluyó en las tazas de Ribeiro que me bebí, en el aniversario de la Fuente Fial. Pude haber caído en un coma etílico, aún no había cumplido los trece años, pero mi tía, ángel de mi guarda, me cuidó, limpió mis sábanas, mis vómitos; y nunca escuché salir de su boca una queja, un reproche.

En aquellos años sin móviles, ni Internet ni redes sociales, si querías comunicarte con alguien, no te quedaba más remedio que salir a la calle. Y si no había posibilidad de verse en persona tenías, o bien la opción del teléfono con moscones alrededor intentando enterarse de tu conversación, o bien la opción de escribir cartas, a la que más recurrí para intentar mitigar la soledad que sentía aún estando acompañada. Hubo muchas cartas que rompí, poseída por la rabia, pero todavía conservo otras guardadas en una caja de cartón. Muchas de ellas las escribí cuando dejaba atrás el azul profundo del océano.

Sí, el verano del 88 fue el inicio de un aprendizaje del que aún obtengo frutos hoy en día.

You get shiver in the dark

it’s a raining in the park, but meantime

South of the river, you stop, and you hold everything.

Tienes escalofríos en la oscuridad,

está lloviendo en el parque, pero mientras tanto

al sur del río, te paras, y te contienes.

Somos los Sultanes del Swing, escuchamos durante las fiestas de aquel verano, sin cesar. Pasó a formar parte de la banda sonora de los integrantes de aquel banco de pescadores. Aunque hubo más canciones. En los viajes en coche, desde la meseta hasta la Costa da Morte, junto con mi padre y mi hermana, escuchábamos a Los Ilegales y a Joaquín Sabina. Soy un macarra, soy un hortera, voy a toda hostia por la carretera. Aunque aquel año la canción que más sonaba en la radio era la del Ángel Exterminador.

Luego vinieron otras canciones, otras melodías que forman parte de mí. Después de aquél verano cursé 8º de E.G.B. Y el Valle del Dolor dejó de serlo tanto. Los amigos que hice en ese curso siguen estando conmigo y mi primer amor. Pero bueno, esa es otra historia.

Mi abuela y mi tía cuidaron de mí durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Gran parte de lo que soy hoy se lo debo a ellas.

Hay mujeres que arropan, arrullan, consuelan. En mis sueños me acuna la dulce Olga, me canta canciones infantiles, me enseña a silbar.

Hay mujeres que arropan , arrullan, consuelan. Llevan en sus espaldas colgada la tristeza, pero sus palabras te adormecen, sus cantos espantan a todos los Sacaúntos, a todos los Sacamanteigas.

No sería yo sin aquel banco de los pescadores, sin el azul profundo del océano, sin la escalera da rúa Castelao, sin as boas mulleres que me arroparon y me sostuvieron. No hay una dualidad, todo es un prisma que refleja la vorágine de la vida. El dolor que traspasa generaciones, que todos llevamos dentro. Así lo refleja Olga Novo en su poemario Felizidade:

En algún poema se me cayó la leche a los pies

al sentir el llanto de mi hija

y en lo alto de la noche di de mamar a niños de otra época

agarrados al instinto de succión

como quien aprieta los labios contra el aire para extraer

la luz

del día.

No dejaré de soñar, seguiré haciéndolo como cuando era niña, extrayendo la luz que se esconde en el interior de las piedras. Tal vez me convierta en estatua de sal por mirar atrás. O tal vez no. Pues hay un destello de esperanza: En los intersticios del corazón habita la memoria donde se permite volar a cualquier pájaro, incluidos los de barro.

1 comentario en “Soños”

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