«(…) Cuando el niño nació, comprendí que la palabra maternidad ha tenido que ser inventada por alguien que, por lo que fuera, la precisaba para el caso; y que a los que de verdad han tenido hijos, nunca se les ha podido ocurrir preocuparse de si esa palabra existía o dejaba de existir. Comprendí que la palabra miedo ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la palabra orgullo, por alguien que nunca lo ha sentido».
Mientras agonizo. William Faulkner.
Cuando cierro los ojos y respiro, lentamente, durante unos segundos, apenas un minuto, me pregunto si podría echarme a volar.
De pequeña, caminando por las calles de mi ciudad, por ese entramado laberíntico, me preguntaba si la que me movía era yo o era otro ser el que guiaba mis pasos. Me gustaba perderme sabiendo que podría volver. No es lo mismo perderse, teniendo la seguridad de que hay un regreso, que perderse sin saber si alguna vez vas a poder regresar. Deseaba desentrañar el misterio, esa voz que siempre me acompañaba y que estará conmigo, amanecer tras amanecer, hasta que deje de existir. Esa voz decía: siempre eres tú, siempre eres tú, no puedes escapar de ser quien eres. No obstante, al mismo tiempo eres un yo. Y ese yo se preguntaba: ¿Cómo lograr que ellos, habitantes del otro lado del espejo, puedan comprender, entender lo que hay detrás? Imposible. Se acercan, tan sólo se acercan. Pueden darte su amor, a veces consolarte, a veces acompañarte y otras veces dañarte. Aunque no podrán conocer el interior de tu cabeza. Pero ni siquiera tú, ni siquiera tú podrás sondear hasta el fondo, zambullirte y nadar hasta los lugares más recónditos de tu mente. Así que me paro, cierro los ojos, respiro, lentamente, durante unos segundos, apenas un minuto y me pregunto si podría echarme a volar.
Hay artistas que se te quedan fijados en el alma y te acompañan a lo largo de los años, para recordarte quién eres, para apaciguar a la bestia cuando sientes un dolor profundo y para centrarte cuando estás tan desorientada que no sabes qué paso será el siguiente.
En mi caso: Javier Tomeo, Emily Dickinson, Luis Landero, Alejandra Pizarnik, Fernando Pessoa, Thomas Bernhard, entre otros.
«La madre tenía ya de por sí un carácter tenebroso, pero es que además decía, y no se cansaba de repetir, que la alegría trae mala suerte porque detrás de la alegría acecha siempre la desgracia. << Los llantos los oye Dios y la risa el diablo>>» escribe Landero en Lluvia fina.
La risa la oye el diablo. Ese mantra tan presente en nuestra cultura judeocristiana. No puedes ser feliz, y aún menos si no tienes posibles, pobre desgraciado. Aquí venimos a sufrir, a poner la otra mejilla si nos abofetean, a aguantar con resignación todo el dolor. ¡No ves que más sufrió por ti Cristo en la cruz! Pobre iluso, tu lugar es quedarte donde estás. ¿Y qué hacer cuando los que te han de arropar te abandonan sutilmente a tu suerte, reprochándote tus ansias de liberación?
La locura es una opción, mejor sumirse en ella que permitir al sueño apagar nuestra capacidad de sentir que crea, más bien recrea, el origen, el seno que alguna vez nos amamantó.
¿Qué hacer si tu voz se diluye en la enormidad de tu pequeñez? Nadie vendrá a salvarte. Aunque te quedes afónica de tanto gritar y extenuada decidas no moverte más, ninguna palabra podrá reflejar ese dolor encarnado, aplastando cada una de tus células.
¡Tienes sed, tanta sed! La boca está reseca, los labios agrietados. La debilidad comienza a hacer estragos. Pero sabes que si pides agua no comprenderán qué es lo que significa para ti esa palabra. Te traerán un vaso lleno para calmar tu sed y agradecerás el gesto, aún cuando la rabia que esconde tanta tristeza siga presente. No eres capaz de transmitir lo que necesitas: esos días de lluvia, de orballo mojando tu pelo cuando eras niña, el río escondido en el bosque donde te bañabas con tus amigos, el océano rompiendo contra las rocas. Agua, agua que protege tu libertad. Agua que acaricia tu cuerpo y te proporciona un asidero para que no te ahogues en esa otra agua que es furia desmedida, cólera a borbotones, lágrimas clavándose como alfileres en tu iris azul. Y poco a poco, muy lentamente, va regresando la calma. Entonces te viene a la memoria aquellas tardes tan lejanas en las que el calor del brasero calentaba tus fríos pies.
Cuando cierro los ojos y respiro, lentamente, durante unos segundos, apenas un minuto, me pregunto si podría echarme a volar.
Escribe Alejandra Pizarnik en La extracción de la Piedra de la Locura que
La lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la resurrección.
Resurgimiento de las palabras, que resucitan entre nuestros muertos, que las traen de vuelta nuestros ancestros. Quizá sólo así, sufriendo una auténtica metamorfosis, podamos quitarnos los clavos que nos mantenían unidos a la cruz, a esa madre tenebrosa, que se opone radicalmente a la palabra maternidad. Ese resurgir que permita a las palabras ir acompañadas de su silencio.
El barrio donde habito no es ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de cables. Busco ese lugar que no niegue lo que soy, que permita al verde mezclarse con lo gris, sin que la hondura de la noche lo pueble todo.
Lograr que mi voz y las de los que están al otro lado del espejo se armonicen, que cese el ruido de fondo. Que más allá del reconocimiento haya una auténtica resurrección. Conseguir que el agua me libere además de calmar mi sed. He tratado de explicarlo tantas veces. Como escribe Isabel Tejada en uno de sus poemas:
«Hoy quisieras que alguien te empañara con su aliento
tener manos de pájaro
saber pedir ayuda
Has tratado de explicarlo tantas veces.»
Los que de verdad han tenido hijos, no se han preocupado de si la palabra maternidad, existía o dejaba de existir. Tengo miedo. Ese jodido miedo que nunca deja de acompañarme. La voz que me susurra: «Pero, quién eres, quién eres realmente». Por eso camino, sin ir a ninguna parte, hasta que el cansancio hace mella en mis pies y noto el frío en mis dedos. Entonces me paro, cierro los ojos, respiro, lentamente, durante unos segundos, y me pregunto si podría echarme a volar.
Nos perdemos. Pero no es lo mismo perderse, teniendo la seguridad de que hay un regreso, que perderse sin saber si alguna vez vas a poder regresar.
Las palabras me condenan y me salvan a un mismo tiempo. Hoy quisiera volver, hacer una parada en mi viaje y guardar con cuidado las palabras que he podido rescatar del destierro: maternidad, compañero, creación. He de regresar con ellas a mi tierra, a la playa con la que sueña Xoel López cada día.
Hace frío.Estoy en un pueblo, puede ser en la falda de una montaña o a orillas del mar. Allí, con la humedad colándose por las rendijas de la ventana, nos calentamos sentados alrededor de una mesa camilla con brasero. Tengo los pies fríos. Las palabras van y vienen. Al ser dichas en voz alta se escabullen, pierden parte de su significado entre los intersticios del alma. No obstante, allí, en ese lugar, al calor del hogar, es donde mejor puedo ser yo y donde tal vez la lucha de voces cese, pues por fin he vuelto a casa, a mi hogar. Las letras de las canciones que les tarareaba a mis hijos se han salvado del destierro.