«Habría que suprimir la noción misma de nación. O más bien el uso de esa palabra,
ya que la palabra nacional y las expresiones de que forma parte están vacías de todo significado.
No tienen otro contenido más que millones de cadáveres, huérfanos, mutilados; desesperación,
lágrimas.»
No empecemos otra vez la guerra de Troya. Simone Weil.
Si no tuviésemos palabras habría que inventarlas. Muchas de ellas forman parte de nuestro vocabulario, pero no solemos pararnos a pensar cuál es su significado, porque la comprensión aparece cuando dejan de estar aisladas, cuando establecemos relaciones entre ellas.
No hay gesto más totalitario que aislar a alguien o incluirle en una colectividad, entonces deja de ser quien es para convertirse en una cosa, en un número más. Este es uno de los múltiples modos de utilización maquiavélica de la razón.
Descartes estableció que primero éramos pensamiento y luego la realidad ya iríamos deduciéndola. Pero pensar sin vivir, sin establecer relaciones con los otros que también son, es una quimera.
Los seres humanos no somos objetos. Ésta es la primera verdad que deberíamos ser capaces de incorporar a nuestras vidas. En el momento en el que dejamos de ver al otro como un individuo concreto y pasa a formar parte de una lista, pierde su humanidad. El número cosifica, el nombre humaniza.
El ejercicio de la razón es esencial para nuestra supervivencia, pero no una razón absoluta, un ente que sólo organiza, analiza y clasifica; pues así es mucho más fácil terminar formando parte de una masa manipulable, un objeto en manos de individuos sin escrúpulos, detentadores del poder. Prefiero una razón poética, como la que defendía María Zambrano. Una razón capaz de vislumbrar lo que se esconde tras una aparente oscuridad.
Desde que tengo recuerdos siempre he sentido que hay una barrera entre lo que siento y lo que hay afuera, entre el continente y el contenido, entre yo y los otros. Por mucho que lo intente, no logro traspasarla del todo. Puede que el motivo resida en la fragilidad de la comunicación, en esa distancia que hay entre lo que uno siente, piensa y transforma en palabras.
¿Alguna vez os habéis imaginado una historia, un argumento en vuestra cabeza que os parecía casi una obra maestra y cuando habéis tratado de escribirla, la esencia de lo que queríais transmitir se ha volatilizado, perdido en un mundo imposible de capturar con las palabras? Así es como me siento cuando intento comunicar mis ideas, que algo se pierde en ese viaje y de ahí la recurrente sensación que he tenido a lo largo de mi vida de ser una impostora.
Nos desgarramos cuando soñamos, pues en la vigilia no podríamos gritar con esa fuerza animal que desplegamos en esa otra vida que es el soñar.
El desgarro, la herida, la huella de lo que transcurre durante el día, nos recuerda que no somos seres inertes. Sin embargo, a nuestro alrededor, en esta sociedad de la que formamos parte, hay múltiples acciones que intentan hacernos creer que sólo somos cuando estamos despiertos, cuando seguimos los dictámenes de la moda, cuando luchamos por un ideal que ni siquiera sabemos lo que significa.
¿Qué es la patria? ¿Quién la compone? ¿Los seres humanos que viven en un mismo territorio? ¿La lengua compartida? ¿Las tradiciones? ¿La comida? ¿Los recuerdos? ¿Se puede entender esta palabra sin relacionarla con otras? ¿La patria son también los exiliados? ¿Los refugiados? ¿Los sin papeles? ¿Los cientos de personas que duermen en las calles de Madrid? ¿Los sin techo? ¿Los desahuciados? ¿Un mero papel me convierte en ciudadano?
Patria es una palabra vacía si no la relaciono con otras.
Arropo, refugio, hogar, alimento, abrazo, consuelo. ¿Qué es la patria aislada más que un ente vacío?
No quiero ser una mera partícula que vuela por el cielo. He de aferrarme a la tierra para sentir con todo mi cuerpo que formo parte de algún lugar.
¿Es la patria nuestra infancia? ¿Y si la niñez de uno ha sido un auténtico infierno?
Hundo los pies en el riachuelo, percibo el frescor en los dedos de mis pies. Cierro los ojos, respiro hondo y escucho el fluir del agua. Siento que no estoy sola. Tengo un nombre, un origen, una identidad. No soy un número.
No quiero provocar la violencia, ni sufrirla. ¿Puede haber algo más violento que elaborar discursos con palabras huecas, vacías, sin alma?
La violencia no es elegante sino que forma parte de los instintos más bajos del ser humano; del alma concupiscible de Platón. Por un lado, tenemos una violencia ciega; la que surge del instinto de muerte, de Thánatos, de no valorar la vida. Te golpeo, te insulto, te humillo. Te hago daño y no te dejo marcas, te anulo como persona y sigo viviendo mi vida. Matar no es un ningún acto heroico.
Una de las funciones de la razón es la generalización; gracias a ella podemos dar el paso de lo particular a lo universal. Los seres humanos, a pesar de nuestras circunstancias particulares, tenemos una esencia común. Y se nos olvida. Vivimos sumergidos en un ritmo incesante, no paramos de clasificar, de etiquetar, de buscar la diferencia. La generalización es necesaria, pero si la utilizamos de un modo acrítico surgen los prejuicios. Y prejuzgar es la base de la violencia.
Sostenía Ortega y Gasset que somos nuestras creencias; operan de un modo inconsciente y forman parte de nuestra vida. Si no llevamos a cabo un acto de reflexión, no podremos vislumbrar los matices.
Las palabras forman parte de nosotros, son humanas. Por ello es necesario que se establezcan relaciones, comparaciones. No flotan en el vacío.
¿Quiénes somos realmente? ¿Hemos de ser siempre frente al otro? ¿Cómo nos contamos lo que nos sucede? ¿Qué palabras me definen?
El capitalismo no es ningún ente. Para que la rueda no se pare, hemos de estar desvinculados de lo que nos rodea. Nos resulta más fácil ser partícipes del consumismo si no nos cuestionamos lo real. ¿Cuál es la realidad? ¿Hay una sola respuesta? ¿Qué se esconde bajo la palabra patria? ¿Con qué otras palabras la vinculamos? ¿Tiene sentido matar a otros seres humanos por un ente vacío?
Me gustaría que mi patria, o mi matria como afirmaba Plutarco, sea un lugar donde uno pueda convivir sin etiquetas, sin tener que pertenecer a ella a cambio de sostener la violencia.
Unos versos resuenan en el aire; vivimos en un mundo de sombras donde tal vez sea posible vislumbrar y crear a través de los sueños:
«Para perder la costumbre
agucemos el oído,
rompamos al fin las filas.
Voces lejanas, cercana aflicción:
aquellas voces de aquellos muertos,
que enviamos por delante como heraldos
para que nos guíen en el sueño.»
Walter Benjamin. H. Arendt.